90 estudiantes quedaron atrapados diez horas por combates en Nariño
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Nueve horas de encierro forzado dejaron a 90 estudiantes atrapados en una escuela de Tabiles, en Linares, Nariño, mientras afuera seguían los combates. La comunidad denuncia miedo permanente y la normalización de la guerra en una zona donde ir a clase puede convertirse en una emergencia.
El miedo volvió a meterse en las aulas de Tabiles, un corregimiento del municipio de Linares, en Nariño, donde 90 estudiantes permanecieron confinados durante cerca de diez horas por los combates que se registraron en la zona. La comunidad quedó atrapada entre el ruido de los disparos y la imposibilidad de moverse con seguridad, en una escena que resume hasta qué punto la guerra sigue marcando la vida cotidiana en este rincón del sur del país.
De acuerdo con lo reportado por El Tiempo (Colombia), los hechos obligaron a suspender toda dinámica normal en la escuela y a mantener a niños, niñas y adolescentes resguardados mientras afuera continuaban los enfrentamientos. En Tabiles, la sensación dominante no es solo la de un episodio aislado de violencia, sino la de una población que vive bajo presión permanente y que ha aprendido a reaccionar ante los combates como si fueran parte del calendario local. En un territorio donde estudiar debería ser sinónimo de rutina y futuro, el sonido de las armas volvió a imponer otra lógica: la del encierro, la incertidumbre y la espera.
Lo ocurrido en Linares no puede leerse como una simple anécdota de orden público. Nariño lleva años convertido en un departamento estratégico para distintos grupos armados por su salida al Pacífico, sus corredores para el narcotráfico y su difícil presencia institucional en áreas rurales. Por eso, cada confinamiento escolar revela algo más profundo que un incidente puntual: muestra el fracaso de la protección efectiva sobre comunidades alejadas y la vulnerabilidad extrema de la infancia en zonas donde la guerra se mete en la vida diaria sin pedir permiso. Para las familias, la pregunta no es solo cuándo podrán volver a clase con normalidad, sino qué tan viable es seguir viviendo en un lugar donde una jornada académica puede convertirse, en cuestión de minutos, en una medida de supervivencia.
El caso de Tabiles vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda para el Gobierno y para las autoridades locales: mientras se anuncian estrategias de seguridad y conversaciones de paz, en muchas veredas y corregimientos la población sigue sin sentir una presencia estatal capaz de impedir que los combates paralicen escuelas, caminos y vidas enteras. Y cuando 90 estudiantes deben permanecer horas encerrados por miedo a cruzar una calle o salir del plantel, lo que queda en evidencia es que la guerra no solo se libra en el monte: también se impone en los salones, en los patios y en el derecho básico a aprender sin miedo.


