De la Espriella y Restrepo descartan más impuestos y empujan otro modelo para financiar al Estado
Imagen: El Tiempo - Política
Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo cerraron la puerta a un nuevo aumento de impuestos y elevaron la presión sobre el debate fiscal en Colombia. Su tesis es que el Estado no puede seguir financiándose a punta de recaudo sobre los mismos contribuyentes.
Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo decidieron ponerle freno a una de las salidas más repetidas cada vez que el Estado colombiano enfrenta un hueco fiscal: subir impuestos. Su postura, en un momento de cansancio ciudadano frente a la carga tributaria, no solo cuestiona la salida fácil del recaudo, sino que también intenta mover el debate hacia una discusión más incómoda para el poder político: cómo sostener el Estado sin seguir apretando al sector formal y a los mismos contribuyentes de siempre.
Según lo que planteó Restrepo, el problema no se reduce a si falta plata, sino a la forma en que se ha construido durante años el modelo de recaudo en el país. Su crítica apunta a un esquema que ha descansado demasiado en la ampliación de cargas y en la presión sobre quienes ya cumplen, mientras la economía sigue arrastrando informalidad, bajo crecimiento y una base tributaria estrecha. En ese diagnóstico, la propuesta de ambos se aleja de la receta tradicional y busca abrir espacio a una discusión sobre eficiencia del gasto, disciplina fiscal y una administración pública que no dependa permanentemente de nuevas reformas tributarias para tapar sus huecos.
El debate no es menor. Colombia viene arrastrando una tensión estructural entre un Estado que necesita más recursos para funcionar y una economía que no da señales suficientes de expansión como para soportar más impuestos sin consecuencias. Cada aumento en la carga fiscal termina golpeando de forma desigual: a las empresas que sí declaran, a los trabajadores formales, a los consumidores y, en últimas, a la generación de empleo. Por eso la postura de De la Espriella y Restrepo conecta con un malestar más amplio: la percepción de que el sistema premia la evasión, castiga la formalidad y deja a buena parte del país pagando una cuenta que no se distribuye con justicia. En ese sentido, la pregunta no es solo cuánto recauda el Estado, sino para qué, cómo y con qué grado de eficiencia lo hace.
La discusión que abren también tiene lectura política. En un país donde cada reforma tributaria termina convirtiéndose en una pelea entre el Gobierno, los gremios y los hogares de ingresos medios, proponer una salida sin alza de impuestos es una manera de capitalizar desgaste social. Pero el reto de fondo sigue intacto: si no se suben impuestos, alguien tendrá que explicar de dónde saldrá la plata para sostener seguridad, salud, educación e infraestructura. Ahí es donde la conversación deja de ser retórica y se vuelve concreta: o el Estado cambia su forma de gastar y recaudar, o seguirá llegando al mismo borde cada vez que se agote la salida más sencilla.




