Colombia

Playa Dormida, el humedal de Santa Marta que la expansión inmobiliaria pone contra la pared

Hace 3 horas

La presión urbanística, la contaminación y la ausencia de una protección legal sólida están empujando a los humedales de Playa Dormida, en Santa Marta, a una zona crítica. El ecosistema, clave para aves migratorias y manglares, es hoy uno de los frentes ambientales más frágiles del litoral samario.

Santa Marta enfrenta una nueva alarma ambiental: los humedales de Playa Dormida, considerados uno de los últimos pulmones del litoral samario, estarían en riesgo por el avance de la expansión inmobiliaria, la contaminación y la falta de una protección jurídica clara. Según informó El Tiempo (Colombia), el área funciona además como refugio de aves migratorias y manglares, dos componentes que sostienen el equilibrio ecológico de la franja costera y que hoy aparecen cada vez más expuestos a la presión urbana.

El problema no es menor ni localista. Cuando un humedal pierde cobertura vegetal, recibe vertimientos o queda fragmentado por obras y construcciones, el daño no se limita a la fauna que lo habita: también se alteran los ciclos del agua, se reduce la capacidad natural de absorber inundaciones y se debilita la protección de la línea costera frente a la erosión. En el caso de Playa Dormida, la advertencia apunta a un modelo de ocupación del territorio que avanza más rápido que la capacidad institucional para regularlo. El resultado es un choque entre el negocio inmobiliario y un ecosistema que, por su función ambiental, debería ser tratado como infraestructura natural estratégica, no como suelo disponible para urbanizar.

Lo que está en juego en Santa Marta trasciende la discusión técnica sobre un estudio o una delimitación ambiental. En ciudades costeras como esta, donde el crecimiento urbano suele ir de la mano con la presión turística y la valorización del suelo, los humedales terminan pagando el costo de decisiones tomadas sin suficiente planeación. La ausencia de una figura de protección robusta deja a estos espacios en una especie de limbo: son reconocidos por su valor ecológico, pero no siempre cuentan con instrumentos efectivos para impedir su deterioro. Y cuando el Estado llega tarde, el daño ya es visible en el agua, en la vegetación y en la disminución de especies que dependen de ese corredor natural para sobrevivir.

Por eso Playa Dormida importa más allá de Santa Marta. Lo que ocurra allí es una radiografía de una tensión que se repite en Colombia: la disputa entre expansión urbana y conservación en ecosistemas frágiles. Si no hay decisiones de fondo —control a vertimientos, límites claros a la urbanización y una protección legal real—, la ciudad corre el riesgo de perder no solo biodiversidad, sino también una barrera natural que ayuda a sostener la vida cotidiana de miles de personas. En otras palabras, defender este humedal no es una concesión ambientalista: es una medida básica de supervivencia urbana y costera.

Noticias relacionadas