Saade endurece su choque con Juliana Guerrero y eleva la tensión en la Casa de Nariño
Imagen: El Tiempo - Política
Alfredo Saade subió el tono contra Juliana Guerrero tras sus disculpas públicas y aseguró que le cerró la puerta en la Casa de Nariño. El pulso revela una pelea interna que ya no es solo personal, sino política, dentro del gobierno y su entorno cercano.
Alfredo Saade escaló el enfrentamiento con Juliana Guerrero y puso sobre la mesa una versión que agrava la polémica: según él, le restringió el acceso libre a la Casa de Nariño porque, a su juicio, su comportamiento era incompatible con el cargo y con el manejo institucional que exige el Palacio. La confrontación se desató después de las disculpas de Guerrero, pero el exjefe de despacho no optó por bajar el tono; por el contrario, lanzó señalamientos duros que apuntan a una pelea que ya dejó de ser de formas y pasó a ser de fondo.
De acuerdo con lo dicho por Saade, la decisión de cerrar el acceso no fue un gesto simbólico, sino una medida para frenar lo que describió como prácticas indebidas. En sus declaraciones, el exfuncionario sostuvo que Guerrero presuntamente usaba el teléfono para presionar gestiones y que su actitud era agresiva, al punto de gritar e insultar para acelerar trámites o beneficios. Aunque esas afirmaciones no han sido respaldadas públicamente con pruebas en el material conocido, sí muestran el nivel de deterioro del vínculo entre ambos y el tamaño del choque político que quedó expuesto en la opinión pública.
Este episodio importa porque ocurre en el corazón del poder ejecutivo, donde cada conflicto personal termina teniendo lectura política. La Casa de Nariño no es un escenario cualquiera: allí cualquier señal de acceso, influencia o intermediación pesa sobre la percepción de transparencia y control interno. Si las acusaciones de Saade se instalan en el debate, el gobierno no solo tendrá que responder por la conducta de sus allegados, sino también por los filtros, los permisos y las dinámicas informales que suelen abrirle espacio a los operadores de siempre. En Colombia, ese tipo de disputas rara vez queda en una pelea privada: suele revelar tensiones más profundas sobre quién manda realmente, cómo se toman decisiones y hasta dónde llega el control del círculo cercano al poder.
Por ahora, el choque deja una imagen incómoda para el entorno presidencial: un exjefe de despacho denunciando, desde adentro, supuestas prácticas de presión y abuso de confianza. Más allá de quién tenga la razón, el caso vuelve a recordar que los escándalos en Palacio no solo erosionan nombres propios; también golpean la credibilidad de una administración que necesita mostrar disciplina, orden y distancia frente a cualquier sombra de clientelismo o favoritismo.



