A 25 años del 11-S, la herida sigue abierta y sus guerras aún pesan

Imagen: clarin colombia
A 25 años del 11-S, el balance no es solo el de una tragedia que sacudió al mundo, sino el de sus consecuencias políticas y bélicas. La pregunta de fondo sigue abierta: qué se aprendió y quiénes capitalizaron el horror.
Han pasado 25 años desde el 11-S y, aun así, el atentado contra las Torres Gemelas sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva de Estados Unidos y del mundo. Fue uno de los crímenes terroristas más devastadores de la historia moderna, pero su legado no se agota en la destrucción de aquella mañana: también está marcado por las guerras que detonó, por la expansión de la lógica de seguridad permanente y por las dudas que persisten sobre las motivaciones reales que terminaron alimentando una era de intervención militar y miedo global.
Lo primero que no puede perderse de vista es la magnitud del ataque y su impacto político inmediato. El 11 de septiembre de 2001 cambió de manera abrupta la agenda estadounidense y reordenó la política internacional durante años. En nombre de la respuesta al terrorismo se redefinieron prioridades, se justificaron operaciones militares en Medio Oriente y se consolidó un clima de excepción que penetró en aeropuertos, fronteras, leyes y derechos civiles. Según la lectura planteada por clarin colombia, todavía queda mucho por esclarecer sobre aquel episodio, pero también sobre el modo en que fue usado para abrir la puerta a decisiones que terminaron teniendo consecuencias mucho más amplias que la persecución de los responsables materiales del ataque.
Ese es, precisamente, el punto que la historia todavía está obligada a examinar con mayor rigor: no solo qué ocurrió ese día, sino qué intereses se movieron después. El 11-S fue el detonante de guerras que costaron cientos de miles de vidas, desestabilizaron regiones enteras y dejaron secuelas políticas, sociales y económicas que aún se sienten. En Estados Unidos, además, consolidó una cultura de vigilancia y temor que cambió la relación entre el Estado y los ciudadanos; fuera de sus fronteras, reforzó la idea de que la seguridad podía usarse como argumento para intervenir sin límites claros. Por eso, a un cuarto de siglo del atentado, la reflexión no debería limitarse al recuerdo de las víctimas, sino también al escrutinio de las decisiones que vinieron después.
Mirar el 11-S hoy exige separar memoria de propaganda y duelo de oportunismo. Las sociedades que se toman en serio su historia no solo honran a quienes murieron: también revisan con franqueza cómo se administró el horror, quiénes sacaron provecho del miedo y qué errores se repitieron bajo nuevas justificaciones. En esa revisión está parte de la respuesta a una pregunta incómoda pero necesaria: si el terrorismo golpeó al mundo aquel día, las guerras que siguieron también dejaron una factura moral y política que todavía no termina de pagarse.




