Jorge Eliécer Laverde llega a la Contraloría tras una jugada política de los partidos
Imagen: El Tiempo - Política
Jorge Eliécer Laverde llegó a la Contraloría con una ventaja política que se cocinó en silencio durante semanas: el respaldo mayoritario de los partidos. Su elección confirma el peso de las negociaciones partidistas en los órganos de control.
Jorge Eliécer Laverde se impuso como nuevo contralor después de asegurar, durante varias semanas, el respaldo mayoritario de los partidos políticos, una ruta que terminó por blindar su elección y que lo convirtió en el llamado “candidato de los partidos”, según informó El Tiempo - Política. Detrás de ese resultado hubo una operación política paciente, más cercana a la construcción de una mayoría legislativa que a una competencia técnica abierta, y en la que el nombre de Laverde fue ganando terreno hasta volverse inevitable.
De acuerdo con la información divulgada por El Tiempo - Política, uno de los factores clave en ese ascenso fue el impulso de Simón Gaviria, exdirector de Planeación Nacional e hijo del expresidente César Gaviria, quien habría movido fichas para consolidar apoyos dentro de las colectividades. El resultado final no solo refleja la capacidad de articulación de los partidos, sino también la forma en que se negocian hoy los grandes cargos de control en Colombia: a puerta cerrada, con cálculos de gobernabilidad, cuotas y lealtades cruzadas que terminan pesando más que el debate público sobre la independencia institucional.
Este episodio importa porque la Contraloría no es un cargo decorativo: es una de las entidades más sensibles del Estado, encargada de vigilar el uso de los recursos públicos, auditar la gestión fiscal y poner bajo lupa a gobernadores, alcaldes y al propio Gobierno nacional. Cuando su elección se define por una mayoría partidista tan clara, se reabre una pregunta incómoda sobre la autonomía real del organismo y sobre si quienes llegan a estos puestos pueden actuar con suficiente distancia frente a los mismos actores políticos que ayudaron a catapultarlos. En un país donde la corrupción y el despilfarro golpean directamente el bolsillo ciudadano, la confianza en los órganos de control depende no solo de la capacidad técnica del elegido, sino de la percepción de independencia con la que arranca su gestión.
Laverde, en ese sentido, no solo asume un cargo: recibe una prueba política desde el primer día. Su desafío será demostrar que el respaldo partidista que lo llevó al puesto no se traducirá en complacencia, y que la Contraloría puede fiscalizar sin pedir permiso a quienes facilitaron su elección. En Colombia, esa distancia entre la elección y la vigilancia es precisamente el punto donde suelen morir las promesas de independencia institucional.



