Mundo

Fraudes digitales en Costa Rica: cuando la estafa usa el afecto para atacar a adultos mayores

Hace 2 horas
Fraudes digitales en Costa Rica: cuando la estafa usa el afecto para atacar a adultos mayores

Imagen: infobae

Las estafas informáticas en Costa Rica están mutando: ya no solo explotan fallas técnicas, sino también la soledad y la necesidad de compañía. Adultos mayores terminan siendo el blanco perfecto para fraudes románticos que luego pueden abrir la puerta a operaciones más amplias, según informó infobae.

Las estafas informáticas en Costa Rica están entrando en una fase más sofisticada y, sobre todo, más cruel: ya no se limitan a engaños bancarios o falsos premios, sino que se apoyan en vínculos emocionales para atrapar a adultos mayores. Según informó infobae, las llamadas estafas románticas se han convertido en una herramienta que combina manipulación afectiva, ingeniería social y debilidades en la seguridad digital para involucrar a las víctimas en esquemas de fraude más amplios. El dato es preocupante porque muestra que el problema no es únicamente tecnológico; también es social, emocional y generacional.

El mecanismo es conocido, pero sigue siendo efectivo. Los defraudadores suelen construir identidades falsas, sostienen conversaciones prolongadas y generan confianza con promesas de afecto, atención y cercanía. En ese proceso, no solo buscan dinero inmediato: también obtienen información personal, acceso a cuentas o la disposición de la víctima para recibir, transferir o custodiar recursos sin sospechar que forma parte de una cadena delictiva. En el caso de los adultos mayores, el riesgo crece por una combinación explosiva: menor familiaridad con entornos digitales, niveles más altos de confianza interpersonal y, en muchos casos, aislamiento o necesidad de compañía. Esa mezcla convierte al fraude romántico en una variante especialmente dañina, porque el golpe no termina en la pérdida económica; deja además vergüenza, culpa y retraimiento.

Lo que ocurre en Costa Rica encaja con una tendencia regional que debería encender alarmas en toda América Latina. Los fraudes digitales ya no dependen solo de técnicas de intrusión complejas, sino de entender cómo se comportan las personas. Por eso los estafadores avanzan hacia esquemas híbridos: primero seducen, luego persuaden y finalmente manipulan para incorporar a la víctima a operaciones de mayor alcance, desde movimientos financieros irregulares hasta la entrega de datos sensibles. Este tipo de delitos prospera cuando la educación digital no alcanza a los grupos más vulnerables y cuando la prevención se limita a advertencias genéricas. En realidad, el desafío exige campañas concretas, lenguaje claro y acompañamiento cercano, especialmente para personas mayores que no siempre cuentan con redes de apoyo suficientes.

El caso también obliga a mirar una verdad incómoda: la soledad se ha vuelto un factor de riesgo en la era digital. Allí donde antes el delito dependía de romper barreras técnicas, hoy basta una conversación convincente para abrir una puerta. Por eso la respuesta no puede recaer solo en los usuarios; también deben actuar bancos, autoridades y plataformas, con mejores alertas, controles más duros y rutas de denuncia simples. Si no se entiende que detrás de muchas estafas hay una explotación deliberada de la vulnerabilidad humana, el problema seguirá creciendo. Y cuando el fraude encuentra emociones desprotegidas, el costo para las víctimas suele ser mucho más alto que una pérdida de dinero.

Noticias relacionadas