Perú entra en vilo: el balotaje puede tardar semanas por un escrutinio ajustado

Imagen: clarin colombia
El escrutinio del balotaje en Perú entró en una zona de máxima tensión: con 96% de actas procesadas, Sánchez supera a Fujimori por apenas 20.000 votos. La ONPE advirtió que el resultado final podría tardar hasta dos semanas o más.
El balotaje presidencial en Perú quedó atrapado en un margen mínimo que prolonga la incertidumbre política. Con el 96% de las actas escrutadas, Sánchez se mantiene al frente con el 50,05% de los votos frente al 49,94% de Fujimori, una diferencia de apenas 20.000 sufragios que, en términos electorales, equivale a un resultado todavía abierto. El jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Bernardo Pachas, advirtió, según informó Clarín Colombia, que la definición final podría demorarse entre dos semanas y hasta fin de mes, dependiendo de cuántas observaciones a las actas aparezcan en el tramo decisivo del conteo.
La clave del retraso no está solo en la estrechez de la carrera, sino en el procedimiento. Cuando una elección se define por décimas, cada acta observada puede alterar el orden final, obligando a revisiones, pedidos de nulidad y verificaciones adicionales que consumen tiempo y desgastan la confianza pública. En este escenario, el dato grueso ya está claro: no hay un ganador incuestionable por ahora, sino una diferencia exigua que mantiene a ambos comandos en guardia. Para una sociedad acostumbrada a elecciones polarizadas, el escrutinio se convierte en un pulso técnico y político a la vez, porque la discusión deja de ser solo quién va adelante y pasa a ser cuántos votos pueden resistir la revisión legal.
El caso peruano vuelve a mostrar una debilidad estructural de muchas democracias latinoamericanas: la brecha entre el cierre de las urnas y la certeza institucional. En un país con alta desconfianza hacia las autoridades, cualquier demora alimenta sospechas, narrativas de fraude y presión callejera, aun cuando el proceso siga su curso legal. Por eso, la advertencia de la ONPE importa más allá de la disputa entre Sánchez y Fujimori: revela que la legitimidad del resultado dependerá tanto de la aritmética electoral como de la capacidad del sistema para explicar, con transparencia, por qué un puñado de actas puede tardar semanas en resolverse. Y en una contienda tan cerrada, cada día adicional sin proclamación oficial es combustible para la tensión política.
Más allá del veredicto final, lo que está en juego es la gobernabilidad. Un desenlace ajustado puede dejar al ganador con un mandato debilitado desde el primer día y al perdedor con incentivos para cuestionar cada paso del conteo. Para la ciudadanía, eso significa más incertidumbre sobre el rumbo económico, la estabilidad institucional y la capacidad del próximo gobierno para responder a una agenda social acumulada. En Perú, la elección no termina cuando se cierran las urnas: termina cuando el sistema logra convencer a la mitad del país de que el resultado, por estrecho que sea, es incontestable.



