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Misofonía: cuando un sonido cotidiano dispara una reacción imposible de controlar

Hace 2 horas
Misofonía: cuando un sonido cotidiano dispara una reacción imposible de controlar

Imagen: depor

El sonido de una masticación, un chasquido o una respiración repetitiva puede activar en algunas personas una reacción desproporcionada que va más allá de la molestia. Se trata de la misofonía, un trastorno poco entendido que altera la convivencia y la vida diaria.

Un ruido cotidiano y aparentemente inofensivo —como alguien masticando cerca, moviendo los labios o repitiendo un sonido con insistencia— puede convertirse en un disparador físico y emocional para personas con misofonía. No hablamos de simple irritación ni de un mal carácter momentáneo: en quienes la padecen, esos estímulos activan respuestas automáticas de rechazo, tensión e incluso enojo intenso, con efectos que pueden sentirse en el cuerpo tanto como en la mente. De acuerdo con información publicada por depor, este fenómeno está siendo cada vez más observado por especialistas porque desmonta una idea equivocada muy extendida: que el fastidio frente a ciertos ruidos es una cuestión de voluntad o de tolerancia personal.

La misofonía suele aparecer cuando sonidos repetitivos y específicos —masticación, chasquidos de labios, respiración audible, golpeteos o pequeños ruidos rítmicos— desencadenan una reacción inmediata y difícil de controlar. Esa respuesta no es uniforme: algunas personas sienten ansiedad, otras rabia, otras una necesidad urgente de huir del lugar o de interrumpir el sonido como sea. Lo relevante es que el cerebro interpreta esos estímulos como una amenaza, aunque no lo sean en términos reales. Por eso, el problema no está en la intensidad del ruido, sino en la forma en que el sistema nervioso lo procesa. En la práctica, esto puede afectar cenas familiares, reuniones de trabajo, transporte público o cualquier situación donde el control del entorno es limitado.

Este tipo de trastorno importa porque revela algo más amplio sobre la salud mental y sensorial: no todas las sensibilidades tienen la misma visibilidad ni el mismo reconocimiento médico, pero sí el mismo impacto en la vida diaria. Muchas personas que viven con misofonía terminan siendo etiquetadas como exageradas, maleducadas o intolerantes, cuando en realidad enfrentan una reacción involuntaria que les complica la convivencia y les genera desgaste emocional. El costo social también es alto: quienes conviven con este problema a menudo empiezan a evitar lugares, personas o actividades para no exponerse a los desencadenantes, lo que puede derivar en aislamiento, conflicto familiar o estrés sostenido. Y aunque el trastorno todavía necesita más investigación, su identificación es clave para dejar de tratarlo como una rareza y empezar a abordarlo como un problema real de salud.

A medida que más personas ponen nombre a lo que sienten, la conversación pública sobre la misofonía gana terreno. Eso es importante porque el primer paso para manejar un problema no siempre es curarlo de inmediato, sino reconocerlo, entenderlo y dejar de minimizarlo. En sociedades donde el ruido forma parte del día a día, desde oficinas abiertas hasta espacios domésticos compartidos, este tipo de sensibilidades pueden ser mucho más comunes de lo que se cree. Y ahí está la lección de fondo: no todos reaccionamos igual a lo que escuchamos, y para algunos, un ruido pequeño puede convertirse en una experiencia profundamente invasiva.

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