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Perú vota contra alguien, no a favor de un proyecto, y la grieta se profundiza

Hace 2 días

Perú llega al balotaje con un problema de fondo: ninguno de los dos candidatos entusiasma y la elección se mueve más por rechazo que por adhesión. Esa lógica agrava la fractura política y deja al próximo gobierno con un mandato frágil desde el primer día.

Perú afronta un balotaje marcado por una paradoja que explica buena parte de su crisis política: ninguno de los dos aspirantes logra presentarse como una opción de unidad y, en la práctica, una porción decisiva del electorado parece votar más para impedir el triunfo del rival que para respaldar un programa propio. Ese es el síntoma más claro de un país partido en dos, donde la segunda vuelta no funciona como una oportunidad de reconciliación sino como la continuación de una pelea que ya desgastó a instituciones, partidos y ciudadanía.

La información de base retrata un escenario incómodo para ambos contendientes: los dos cargan con niveles importantes de rechazo y eso los obliga a competir en un terreno donde la adhesión es débil y el voto útil gana peso. En ese contexto, la campaña deja de girar en torno a reformas concretas o acuerdos mínimos para concentrarse en el temor al adversario. De acuerdo con lo que se desprende del análisis publicado por Clarín Colombia, el gran desafío no es solo sumar votos, sino resolver la contradicción de gobernar un país en el que una mayoría circunstancial podría no sentirse representada por el resultado. Eso anticipa un eventual mandato de baja legitimidad social, especialmente si el vencedor no logra tender puentes con los sectores que quedaron fuera de su coalición.

El problema de fondo no es nuevo en Perú, pero sí se ha vuelto más agudo. En los últimos años, el país ha acumulado una sucesión de crisis presidenciales, enfrentamientos entre Ejecutivo y Congreso, protestas, renuncias y una pérdida sostenida de confianza en la clase política. Esa acumulación de desgaste explica por qué la ciudadanía llega al balotaje menos motivada por la esperanza que por la desconfianza. Cuando el voto se construye a partir del miedo al otro, el resultado puede ganar una elección, pero no necesariamente estabilizar al país. Y eso importa mucho más allá de Lima: afecta la inversión, la gobernabilidad, la capacidad de aprobar reformas y, en última instancia, la vida cotidiana de millones de peruanos que siguen esperando respuestas en empleo, seguridad, servicios públicos y precios.

El dilema que deja esta elección es, en realidad, el de una democracia sin relato compartido. Si el próximo presidente no entiende que el triunfo electoral no equivale a una victoria política duradera, el país puede entrar en un nuevo ciclo de bloqueos y confrontación apenas cierre las urnas. Por eso el verdadero examen no será solo quién gane el balotaje, sino si alguno de los dos se atreve a gobernar para un país que ya no confía ni en sus salvadores ni en sus adversarios. Perú no solo elige presidente; está decidiendo si puede salir de la lógica del rechazo permanente o si seguirá administrando su fractura como destino.

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