Matan a pescador en Puerto Mocho y el caso apunta a extorsión o robo de motores
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Las autoridades en Barranquilla investigan si el asesinato de un pescador en Puerto Mocho está relacionado con extorsiones o con el robo de dos motores de lancha. La víctima, desplazada hace 15 años desde Santander, se había convertido en parte del tejido laboral de esta zona costera.
El asesinato de un pescador en Puerto Mocho, en Barranquilla, abrió una investigación que apunta a dos posibles móviles: una red de extorsión que habría venido presionando a trabajadores de la zona o el robo de dos motores de lancha. La víctima, un hombre que llegó hace 15 años desde Santander huyendo de la violencia, fue atacada en un punto donde convergen la economía informal, el trabajo pesquero y disputas criminales cada vez más frecuentes en el Caribe colombiano.
De acuerdo con información publicada por El Tiempo (Colombia), los investigadores no descartan que el crimen tenga relación con amenazas previas o con un hecho puntual de hurto que habría escalado hasta terminar en homicidio. En Puerto Mocho, como en otras franjas costeras de Barranquilla, los pescadores trabajan en condiciones frágiles, con ingresos inestables y poca protección institucional. Esa vulnerabilidad suele convertirlos en blanco fácil de quienes cobran vacunas, controlan pasos o aprovechan la ausencia del Estado para imponer miedo y sacar rentas ilegales.
El caso tiene una carga social que va más allá del expediente judicial. La historia de la víctima refleja el trayecto de miles de desplazados internos que llegaron a la costa atlántica buscando una segunda oportunidad y terminaron vinculados a oficios de supervivencia. Que un hombre que escapó de la guerra en Santander haya muerto en otro frente de violencia, esta vez urbano y criminal, resume una realidad incómoda: en Colombia, el desplazamiento no siempre termina cuando una persona cruza de región; muchas veces solo cambia el tipo de amenaza. Por eso importa esclarecer si aquí operaba una estructura de extorsión, si hubo una disputa por activos de trabajo como los motores o si ambos factores se cruzaron en un mismo entorno de control ilegal.
La investigación también deja en evidencia la presión que enfrentan las zonas pesqueras y turísticas de Barranquilla, donde el crecimiento urbano no siempre va acompañado de seguridad efectiva. Si se confirma que el homicidio fue parte de un esquema extorsivo, el problema no sería solo un crimen aislado, sino una señal de captura territorial sobre actividades de subsistencia. Y si el detonante fue el robo de los motores, el caso mostraría cómo delitos aparentemente menores pueden escalar con rapidez letal en contextos donde las armas y la intimidación mandan más que la ley.



