Bruselas activa la carrera por la gigafactoría de IA y España entra en la pugna

Imagen: El País
Bruselas abrió la licitación para levantar siete gigafactorías de inteligencia artificial en Europa y España se ha colocado en la carrera. La Comisión Europea busca movilizar hasta 30.000 millones de euros en una apuesta que puede reordenar el mapa tecnológico del continente.
La Comisión Europea puso en marcha este lunes el proceso para seleccionar las siete gigafactorías de inteligencia artificial que quiere desplegar en distintos puntos del continente, una iniciativa que aspira a movilizar hasta 30.000 millones de euros en inversión pública y privada. España figura entre los países que quieren quedarse con una de estas instalaciones, concebidas como la infraestructura pesada sobre la que Europa pretende dejar de depender de Estados Unidos y China en el desarrollo de modelos avanzados de IA.
Según informó El País, la licitación abre formalmente la competencia entre los Estados miembros para atraer una de estas plantas, que no serán simples centros de datos, sino complejos de gran escala equipados con capacidad de cómputo masivo, energía abundante y acceso a chips de última generación. Bruselas quiere que estos espacios funcionen como aceleradores industriales para empresas, centros de investigación y consorcios tecnológicos europeos, en un intento por corregir una desventaja estructural: Europa innova, pero suele hacerlo con menos músculo financiero y computacional que sus rivales transatlánticos y asiáticos.
La apuesta no es menor. En la práctica, quien logre albergar una gigafactoría no solo sumará empleo directo y contratos asociados a la construcción y operación de la infraestructura; también ganará peso en la cadena de valor de la IA, un sector que ya condiciona la productividad, la defensa, la salud, la educación y la competitividad de la industria. Para España, la candidatura supone una oportunidad política y económica de primer orden, porque conectaría su red energética, su capacidad científica y su posicionamiento industrial con una agenda europea que busca soberanía tecnológica. Pero también plantea preguntas incómodas: quién pagará realmente la factura eléctrica de estas megainstalaciones, cómo se repartirá el beneficio entre territorios y empresas, y si la promesa de liderazgo terminará concentrada en unos pocos polos urbanos mientras el resto del país observa desde fuera.
El movimiento de Bruselas llega en un momento en que la inteligencia artificial ya no se discute solo como una promesa de futuro, sino como una infraestructura de poder. Estados Unidos ha tomado ventaja con gigantes privados capaces de invertir a una escala difícil de igualar, mientras China combina planificación estatal y capacidad industrial para avanzar rápido. Europa, más lenta y fragmentada, intenta ahora responder con una estrategia de grandes centros compartidos. Si la licitación prospera, la batalla por la gigafactoría española no será solo una competencia entre regiones: será una prueba de si la Unión Europea puede pasar de regular la tecnología a construirla con recursos propios.


