Cuba promete reformas económicas, pero sin tocar el poder político

Imagen: El País
La Habana habla de reformas económicas, pero economistas y empresarios ven el mismo techo de siempre: sin cambios políticos, Cuba no saldrá del estancamiento. El Gobierno promete ajustes, aunque mantiene intacto el control del poder.
Cuba vuelve a prometer cambios económicos en un momento en que la crisis aprieta, pero el mensaje que dejan economistas y empresarios es incómodo para el poder: no habrá una verdadera nueva economía mientras no se toque la estructura política que la sostiene. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel admite la necesidad de mover algunas piezas, pero no muestra señales de estar dispuesto a ceder el control que ha definido durante décadas el modelo cubano. En otras palabras, la isla puede ensayar correcciones, pero sigue sin admitir que el problema no es solo de administración, sino de sistema.
La discusión no es menor. Según informó El País, voces del sector empresarial y del mundo académico insisten en que las reformas parciales que se han aplicado en Cuba chocan una y otra vez con el mismo límite: la centralización del poder, la falta de autonomía real para producir, importar, invertir y contratar, y un aparato estatal que decide demasiado y permite demasiado poco. Esa combinación ha frenado la aparición de un tejido económico dinámico, ha ahuyentado capital, ha castigado a las pequeñas iniciativas privadas y ha dejado a millones de cubanos atrapados entre salarios insuficientes, inflación y escasez. La promesa oficial de “actualización” ya no alcanza para generar confianza si no viene acompañada de reglas estables y de una mínima apertura institucional.
El fondo del asunto es político, aunque se presente como técnico. Cuba lleva años intentando corregir sus desequilibrios sin desmontar el monopolio de decisiones que ejerce el Partido Comunista y el Estado sobre la economía. Esa estrategia ha producido medidas parciales, pero no un cambio de fondo. Y ahí está el dilema: cualquier apertura real exige aceptar competencia, transparencia, seguridad jurídica y espacios para actores independientes; justo lo contrario de lo que un sistema diseñado para preservar el control teme conceder. Por eso economistas y empresarios hablan de un capitalismo limitado, vigilado y subordinado, más parecido a una válvula de escape que a una transformación estructural.
Para la gente común, esta discusión no es ideológica sino cotidiana. Significa más o menos comida en la mesa, más o menos oportunidades para emprender, más o menos posibilidad de vivir sin depender de remesas o de un Estado que ya no alcanza a sostener a todos. Mientras La Habana siga prometiendo prosperidad sin modificar el andamiaje político que bloquea la economía, el país seguirá atrapado en una paradoja: reconoce la necesidad de cambiar, pero solo está dispuesto a hacerlo hasta donde no se altere el poder.




