Venezuela reabre una negociación clave con EE.UU. vigilando el tablero

Imagen: El País
Venezuela abrió una nueva negociación entre el chavismo y la oposición bajo vigilancia de Estados Unidos, en un intento por destrabar una salida electoral a la crisis. El proceso llega con desconfianza acumulada, presión internacional y la certeza de que nada avanzará sin concesiones reales.
Venezuela volvió a sentarse a negociar, esta vez con un elemento decisivo sobre la mesa: la supervisión directa de Estados Unidos. El chavismo y la oposición iniciaron esta semana conversaciones que, en teoría, deben conducir a nuevas elecciones, en un país donde cada intento de diálogo ha chocado contra la desconfianza, la fragmentación política y un régimen acostumbrado a ganar tiempo sin ceder poder de fondo. La novedad no es solo que se reabra el canal político, sino que lo haga bajo un esquema en el que Washington busca condicionar el resultado, consciente de que la crisis venezolana ya no es solo un asunto interno, sino un problema regional con impacto migratorio, energético y diplomático.
Según informó El País, las partes arrancaron contactos en un momento en que la presión externa vuelve a tomar protagonismo, pero con una diferencia importante respecto de rondas anteriores: ahora el objetivo explícito es encaminar un calendario electoral que pueda ser presentado como una salida institucional. Eso, sin embargo, no garantiza nada. El historial reciente de Venezuela demuestra que los acuerdos pueden firmarse y luego vaciarse de contenido en la práctica. La oposición llega debilitada, con liderazgos dispersos y un capital político erosionado por años de bloqueos, exilios y frustración ciudadana. El chavismo, por su parte, negocia desde una posición de control del aparato estatal, de las instituciones y de los tiempos políticos, lo que le permite conceder lo mínimo indispensable sin alterar la estructura real del poder.
Lo que está en juego va mucho más allá de una elección. Si este proceso fracasa, Venezuela puede volver al ciclo conocido de sanciones, aislamiento, represión interna y mayor deterioro social. Si avanza, aunque sea parcialmente, podría abrir una rendija para recomponer la confianza mínima en un sistema electoral devastado por denuncias de fraude, inhabilitaciones y falta de garantías. Para Estados Unidos, el asunto tiene una lectura estratégica: un desenlace negociado puede ayudar a contener la migración y ordenar una relación bilateral que sigue marcada por la tensión. Para Colombia, la evolución de esta mesa es todavía más sensible, porque cualquier cambio en Caracas repercute de inmediato en la frontera, en el comercio, en la seguridad y en la presión migratoria sobre ciudades y servicios públicos.
El problema de fondo es que Venezuela no solo necesita elecciones; necesita que esas elecciones sean creíbles. Y ahí está el verdadero desafío de esta negociación. La comunidad internacional puede empujar, facilitar y presionar, pero el desenlace dependerá de si el gobierno de Nicolás Maduro está dispuesto a aceptar una competencia real y de si la oposición logra llegar unida a una eventual contienda. En un país donde la política se ha convertido en una administración del desgaste, la conversación que comenzó esta semana podría ser una puerta de salida o apenas otro episodio de supervivencia negociada.




