Cartagena y la alerta silenciosa en salud mental: las mujeres salen más golpeadas
Imagen: El Tiempo (Colombia)
En Cartagena, una percepción general favorable sobre la salud mental convive con señales claras de alerta. El 24,6% de las mujeres calificó su estado emocional como regular o malo, frente al 18,2% de los hombres.
Cartagena exhibe una paradoja difícil de ignorar: mientras parte de la ciudadanía dice tener una percepción relativamente positiva de su salud mental, los datos revelan una crisis silenciosa que golpea con más fuerza a las mujeres. Según informó El Tiempo (Colombia), el 24,6 por ciento de las cartageneras calificó su estado emocional como regular o malo, una proporción superior a la de los hombres, entre quienes el 18,2 por ciento reportó esa misma condición. La cifra no solo marca una brecha de género, sino que expone una tensión de fondo entre la imagen pública del bienestar y lo que muchas personas viven en privado.
El dato resulta especialmente relevante porque desmonta la idea de que el malestar emocional afecta de manera homogénea a la población. En Cartagena, como en buena parte de Colombia, las mujeres cargan con una combinación de factores que suelen agravar su salud mental: mayor sobrecarga de cuidados, exposición a violencias, precariedad laboral y mayores barreras para sostener redes de apoyo estables. Aunque el informe citado por El Tiempo apunta a una percepción general positiva, ese indicador no borra la evidencia de un malestar extendido que se expresa en ansiedad, cansancio emocional, irritabilidad o sensación de agotamiento, síntomas que muchas veces no terminan en una consulta médica ni en un diagnóstico formal.
Esto importa porque la salud mental no se mide solo por la ausencia de enfermedad, sino por la capacidad de las personas para sostener su vida cotidiana, trabajar, estudiar y relacionarse sin una carga emocional permanente. Cuando casi una de cada cuatro mujeres dice sentirse emocionalmente mal o de manera apenas regular, el problema deja de ser individual y pasa a ser social. Cartagena, una ciudad atravesada por desigualdades económicas y territoriales, no puede leer estos resultados como una estadística aislada: son una alerta sobre el costo humano de vivir bajo presión, con acceso limitado a atención oportuna y con una conversación pública que todavía minimiza el sufrimiento psíquico.
La advertencia, entonces, es doble. Por un lado, la ciudad necesita fortalecer su respuesta institucional frente a la salud mental, con rutas de atención más visibles, acceso real a psicología y psiquiatría, y acciones preventivas en barrios, colegios y lugares de trabajo. Por otro, hace falta reconocer que el bienestar emocional no se resuelve únicamente con mensajes de autoayuda o campañas puntuales. Si Cartagena quiere tomarse en serio esta crisis silenciosa, tendrá que mirar más allá de la percepción general y atender la desigualdad que subyace en sus cifras.



