China expulsa a un general clave y profundiza la purga en su cúpula militar

Imagen: clarin colombia
China profundizó su purga interna al expulsar a Zhang Youxia, uno de los hombres más poderosos del aparato militar y antiguo aliado de Xi Jinping, por presunta corrupción y deslealtad política. La decisión golpea de lleno la cúpula del Ejército Popular de Liberación y exhibe la dureza de la lucha por el control dentro del Partido Comunista.
China dio un nuevo golpe de autoridad en el corazón de su estructura militar al apartar a Zhang Youxia, considerado durante años una de las figuras más influyentes del Ejército Popular de Liberación y cercano a Xi Jinping. Según informó clarin colombia, la expulsión se produjo por presuntas coimas y por una conducta que el Partido Comunista interpretó como deslealtad política, en una señal de que la ofensiva disciplinaria sigue avanzando incluso contra cuadros históricos del poder chino.
Zhang no era un nombre menor. Durante años fue visto como un aliado estratégico de Xi y como parte del núcleo que sostuvo la reconfiguración del mando castrense en China. Sin embargo, su caída llega después de que él y su número dos fueran destituidos en enero, un movimiento que ya había encendido alarmas sobre la magnitud de la depuración interna. En la práctica, la sanción no solo castiga posibles irregularidades financieras, sino que envía un mensaje nítido: en la China de Xi, la lealtad política pesa tanto o más que la carrera militar o el historial de servicio.
Este episodio importa más allá del cerco de poder en Pekín porque revela la fragilidad de un sistema donde la disciplina partidaria funciona como herramienta de control absoluto. Cuando la cúpula del ejército entra en la mira, el mensaje se filtra hacia toda la estructura del Estado: nadie está blindado, ni siquiera quienes parecían formar parte del círculo de confianza del presidente. Para el resto del mundo, y en especial para Washington, Taiwán y los países que observan de cerca la modernización militar china, estas purgas alimentan dudas sobre la estabilidad real del mando y sobre cómo se toman las decisiones en una potencia que combina centralización política con ambiciones estratégicas crecientes.
En paralelo, la caída de Zhang refuerza una lógica que Xi Jinping ha cultivado desde que consolidó su poder: presentar la corrupción como un enemigo interno, pero usarla también como palanca para reordenar jerarquías, castigar lealtades dudosas y cerrar cualquier resquicio de autonomía dentro del aparato estatal. El resultado es un ejército más alineado con el liderazgo político, sí, pero también una élite más temerosa, más dependiente y potencialmente más opaca. En un país donde el poder rara vez admite fisuras en público, cada expulsión de este calibre deja entrever que la disputa por el control sigue viva, aunque se presente como una operación de limpieza institucional.



