El Tambo se encomienda a su patrono para pedir lluvias ante la sequía en Nariño
Imagen: El Tiempo (Colombia)
En El Tambo, Nariño, cientos de feligreses salieron a las calles en una rogativa para pedirle al patrono del pueblo que regresen las lluvias y cese la sequía. La escena revela el golpe que el déficit de agua está asestando a la vida rural y a la economía local.
La imagen de cientos de feligreses recorriendo las calles de El Tambo, en Nariño, no fue solo la expresión de una tradición religiosa: fue también un grito colectivo frente a una sequía que ya está afectando el ritmo de vida en una zona donde el agua es sinónimo de cosecha, trabajo y supervivencia. En una jornada marcada por la unión y la fe, la comunidad salió en rogativa para pedir que regresen las lluvias y que se alivie una crisis climática que golpea con especial dureza al suroccidente colombiano, según informó El Tiempo (Colombia).
La movilización reunió a habitantes de distintas edades que caminaron con devoción en torno a su patrono, en una ceremonia que mezcla catolicismo popular, identidad territorial y preocupación urgente por el presente. Más allá del componente espiritual, la procesión dejó ver una realidad incómoda: cuando el agua escasea, no solo se secan los cultivos, también se debilita la economía familiar, se encarecen las tareas domésticas y se agrava la incertidumbre para campesinos que dependen de ciclos cada vez más inestables. En regiones como Nariño, donde la agricultura sostiene buena parte del tejido social, una temporada seca no es un dato meteorológico; es una amenaza directa al sustento de miles de personas.
Este tipo de rogativas tiene una fuerza simbólica que no puede leerse como simple folclor. En Colombia, y particularmente en zonas rurales donde el Estado suele llegar tarde o de forma insuficiente, la fe se convierte en un lenguaje comunitario para expresar angustias materiales. La sequía que impulsa estas manifestaciones también pone sobre la mesa un problema más amplio: la vulnerabilidad de los territorios andinos frente a la variabilidad climática, un fenómeno que ya no puede tratarse como una excepción. Lo que ocurre en El Tambo conecta con una preocupación nacional: la gestión del agua, la adaptación al cambio climático y la necesidad de proteger a los pequeños productores que quedan expuestos cuando falla el invierno.
La rogativa de El Tambo, en ese sentido, dice más de lo que parece. Habla de una comunidad que no se resigna, pero también de un país donde muchas zonas rurales siguen dependiendo de la esperanza, además de las políticas públicas, para enfrentar crisis que se repiten con mayor frecuencia. Si las lluvias no llegan pronto, el impacto podría sentirse en los cultivos, en los precios y en la ya frágil seguridad alimentaria local. Y aunque la fe mueve a la multitud, la sequía seguirá exigiendo respuestas concretas más allá de la procesión.




