Combates en el Catatumbo provocan desplazamientos y ataques con drones

Imagen: infobae colombia
Los choques entre el ELN y disidencias de las Farc volvieron a sacudir el Catatumbo, esta vez en zonas rurales de Tibú y Sardinata, donde se reportan desplazamientos y ataques con drones. Habitantes de la vereda Corinto salieron del sector con banderas blancas mientras un vehículo que transportaba corozo fue incendiado.
El Catatumbo volvió a quedar atrapado en la lógica de guerra que desde hace años castiga a sus comunidades rurales. En zonas de Tibú y Sardinata, en Norte de Santander, se reportaron combates entre el ELN y disidencias de las Farc que ya están provocando desplazamientos de السكان, escenas de pánico y nuevas alertas por el uso de drones en medio de la confrontación armada.
De acuerdo con información conocida por infobae colombia, habitantes de la vereda Corinto abandonaron el sector portando banderas blancas, una señal desesperada de que la población civil intenta hacerse visible para evitar ser confundida con actores armados o quedar en medio del fuego cruzado. En paralelo, también fue incinerado un vehículo que transportaba corozo, un hecho que revela cómo la violencia no solo expulsa familias, sino que además golpea la movilidad, el comercio local y la ya frágil economía campesina de la región.
Lo ocurrido confirma que el Catatumbo sigue siendo uno de los puntos más sensibles del conflicto armado en Colombia. La disputa por corredores estratégicos, rentas ilegales y control territorial mantiene a comunidades enteras en estado de vulnerabilidad permanente. La aparición de ataques con drones añade un nivel de preocupación adicional: no se trata solo de enfrentamientos tradicionales, sino de una guerra cada vez más adaptada a nuevas tecnologías y más difícil de anticipar para la población civil y para las autoridades. En una región donde el Estado suele llegar tarde, el resultado inmediato es siempre el mismo: desplazamiento, confinamiento y miedo.
La pregunta de fondo es cuánto más puede resistir una zona que ha vivido décadas de abandono, presencia armada ilegal y respuestas estatales intermitentes. Mientras los grupos se disputan el territorio, quienes pagan la cuenta son las familias que deben salir con lo que puedan cargar, los campesinos que pierden su sustento y las comunidades que ven cómo la violencia se normaliza. El Catatumbo no solo enfrenta una crisis de orden público; enfrenta una emergencia humanitaria que sigue escalando sin que se vea una solución de fondo.




