Canadá busca refugio en Europa ante la presión y el giro hostil de Trump

Imagen: BBC Mundo
El primer ministro canadiense viaja esta semana a Estrasburgo para estrechar lazos con la Unión Europea en medio del deterioro de la relación con Washington. La ofensiva diplomática refleja hasta qué punto la hostilidad de Donald Trump está obligando a Ottawa a diversificar sus alianzas.
Canadá está moviendo sus piezas con una urgencia que hace unos meses habría parecido improbable: su primer ministro viajará esta semana a Estrasburgo para impulsar una “alianza única” con la Unión Europea, en un claro intento por blindar al país frente al giro hostil que ha marcado la relación con Estados Unidos bajo Donald Trump. Más que una visita protocolaria, el viaje revela un cambio de fondo en la política exterior canadiense: Ottawa ya no da por sentado que su vecino del sur seguirá siendo un socio confiable, y busca alternativas en Europa para equilibrar riesgos comerciales, diplomáticos y estratégicos.
De acuerdo con BBC Mundo, el acercamiento se produce en un contexto de fricciones crecientes con Washington, alimentadas por la retórica de Trump, sus presiones comerciales y la incertidumbre sobre el futuro del vínculo bilateral. Canadá depende de manera profunda del mercado estadounidense, tanto para exportaciones como para cadenas de suministro, pero esa dependencia también se ha convertido en una vulnerabilidad. Por eso, la apuesta por Bruselas no es simbólica: apunta a reforzar acuerdos, abrir mercados y construir una relación política más sólida con la UE, un bloque que comparte con Canadá afinidades regulatorias, democráticas y de defensa del orden internacional.
El movimiento tiene una lectura más amplia que la coyuntura inmediata. Canadá está tratando de responder a una tendencia que hoy atraviesa a varios países aliados de Estados Unidos: la necesidad de reducir su exposición a una Casa Blanca impredecible. En ese tablero, Europa aparece como un socio útil, aunque no sustituto pleno, porque ofrece estabilidad institucional y capacidad económica, pero no puede reemplazar la vecindad geográfica ni el peso comercial de Estados Unidos. Para Canadá, el desafío es construir autonomía sin romper puentes con Washington. Para la gente común, eso puede traducirse con el tiempo en nuevas rutas de comercio, cambios en precios, más oportunidades para sectores exportadores y una política exterior menos subordinada a los vaivenes de la Casa Blanca.
Lo que está en juego, en el fondo, es algo más que una visita diplomática. Si Ottawa logra convertir esta aproximación en una alianza duradera, enviará una señal clara: incluso un país históricamente anclado a Estados Unidos puede verse forzado a reinventar sus prioridades cuando la relación con Washington se vuelve tóxica. Y ese mensaje no solo importa en Canadá; también debería leerse en América Latina, donde muchos gobiernos siguen dependiendo en exceso de un solo socio y descubren, tarde o temprano, el costo de esa apuesta.


