Estados Unidos tantea en Cuba una salida al estilo Venezuela

Imagen: clarin colombia
Washington ya no parece apostar a derribar de golpe al sistema cubano, sino a encontrar dentro del propio aparato un interlocutor útil y obediente. La lógica recuerda al molde venezolano: no desmontar la estructura, sino reacomodarla desde adentro.
Estados Unidos estaría moviendo sus fichas sobre Cuba con una lógica menos rupturista de lo que suele imaginarse en Washington: no un derribo inmediato del régimen, sino la búsqueda de una figura capaz de garantizar gobernabilidad y alineamiento con la Casa Blanca. En otras palabras, el objetivo no sería necesariamente una transición democrática plena, sino identificar dentro de la propia estructura de poder cubana a alguien que pueda ser vertical con Estados Unidos y sostener el control interno sin provocar un colapso regional.
Según informó clarin colombia, esa estrategia remite al guion que durante años ha rodeado el caso venezolano: presión externa, desgaste económico, sanciones y la expectativa de que emerja una pieza interna funcional a los intereses de Washington. La diferencia es que, en el caso cubano, la lectura apunta a una administración que prefiere administrar la continuidad antes que abrir una ruptura abrupta. Eso explica por qué el debate ya no gira únicamente en torno a “cambiar el régimen”, sino a cómo influir en la sucesión, quién podría ordenar la transición y bajo qué condiciones Estados Unidos estaría dispuesto a reconocerlo.
El asunto importa porque Cuba no es una isla aislada en términos políticos. Su estabilidad o su eventual reconfiguración impacta directamente en la migración hacia Estados Unidos, en la relación de Washington con América Latina y en el tablero ideológico de la región. Si la Casa Blanca apuesta por una figura surgida del propio entramado de poder cubano, el mensaje es claro: la prioridad no sería democratizar a fondo, sino asegurar previsibilidad. Ese cálculo puede servir a los intereses geopolíticos inmediatos de Estados Unidos, pero también corre el riesgo de prolongar los mismos déficits que han marcado la vida cotidiana de los cubanos: escasez, control político y ausencia de canales reales de representación.
En el fondo, la discusión sobre el “próximo líder” de Cuba revela una vieja constante de la política exterior estadounidense: su disposición a negociar con la estructura antes que con la ruptura, siempre que eso garantice estabilidad. Para la gente de a pie, tanto en La Habana como en Miami, el desenlace no será menor. Si Washington termina apostando por un relevo administrado desde dentro, la pregunta será si eso abre una transición real o simplemente cambia los nombres para conservar intacto el fondo del poder.



