Ceuta bajo presión: Madrid y Rabat intentan frenar otra entrada masiva mientras crece la crisis de menores
Imagen: El País
El Gobierno central y Marruecos activaron contactos para evitar una nueva entrada masiva a Ceuta el día 23, mientras la tensión política crece por la situación de cientos de menores no acompañados. El choque entre Moncloa y la ciudad autónoma deja al descubierto una crisis humanitaria y de gestión que sigue sin salida clara.
La tensión en Ceuta volvió a subir de nivel este miércoles con un mensaje que busca frenar el temor a una nueva presión migratoria en la frontera: el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, afirmó que el Gobierno trabaja con Rabat para prevenir una entrada masiva el día 23. La advertencia llega en un momento especialmente delicado, cuando todavía siguen en la ciudad autónoma hasta 700 menores en situación de calle, según las estimaciones manejadas en la discusión política y administrativa abierta por la crisis. El asunto ya no es solo fronterizo; es una prueba de capacidad para dos gobiernos y un termómetro de la relación entre Madrid y Rabat.
En paralelo, la ministra de Juventud sostuvo que la mayoría de esos niños y adolescentes quiere permanecer en España, una afirmación que apunta a desmentir la idea de que se trate de una salida temporal o espontánea. Desde el Gobierno central, además, se acusa al Ejecutivo de Ceuta de estar haciendo “politiqueo” con una tragedia humanitaria que afecta a menores no acompañados que duermen en la calle, sin protección suficiente y en medio de una atención institucional claramente insuficiente. La disputa política se ha instalado sobre una realidad incómoda: Ceuta no solo necesita control fronterizo, también una respuesta social, jurídica y de protección de menores que hoy sigue desbordada.
Este episodio recuerda que la frontera sur española continúa siendo uno de los puntos más sensibles del mapa migratorio europeo, y que cada crisis en Ceuta repercute mucho más allá de la ciudad autónoma. Cuando el debate se reduce a quién tiene la culpa, se pierde de vista lo esencial: hay menores atrapados entre dos sistemas que no terminan de coordinarse, mientras la presión de eventuales entradas masivas reabre el interrogante sobre la capacidad real del Estado para anticiparse. En ese tablero, Marruecos sigue siendo un actor decisivo, y cualquier desajuste diplomático se traduce de inmediato en tensión sobre el terreno. Para los vecinos de Ceuta, la política internacional se vive de forma muy concreta: en centros saturados, servicios sociales al límite y una frontera que, una vez más, condiciona toda la vida de la ciudad.
La escalada política también ha tenido su reflejo en Madrid, donde el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, se reunió con el presidente del Partido Popular Europeo y con Juan Vivas, en una señal de que la oposición quiere situar la gestión de Ceuta en el centro del debate nacional. El Gobierno, por su parte, insiste en que la prioridad es evitar otra entrada multitudinaria y ordenar una respuesta para los menores ya presentes. Pero mientras la discusión se reparte entre reproches, diplomacia y estrategia partidista, la situación de fondo sigue sin resolverse: Ceuta permanece como una frontera frágil, y los niños que siguen en la calle son la evidencia más dura de ese fracaso.




