Irán enfrenta escasez de gasolina y revive el temor a una nueva ola de protestas
Imagen: infobae mundo
Irán enfrenta una nueva presión interna por la escasez de combustible: el déficit diario ya alcanza los 14 millones de litros y las filas en las gasolineras se alargan mientras el gobierno estudia racionar y subir precios. La crisis revive el fantasma de 2019, cuando una medida similar desató protestas con saldo trágico.
Irán vuelve a asomarse a una crisis social por la gasolina, y esta vez el problema no es solo económico: también es político y de seguridad. Un déficit diario de 14 millones de litros está vaciando las estaciones de servicio y obligando al gobierno a considerar medidas impopulares, entre ellas el racionamiento y un eventual aumento de precios, en un país donde una decisión similar ya provocó una explosión social en 2019 y dejó cientos de muertos, según informó infobae mundo.
La escasez golpea en un momento especialmente delicado para Teherán. De acuerdo con la información difundida por infobae mundo, los daños sufridos por instalaciones energéticas han profundizado el desbalance entre oferta y demanda, mientras la presión estadounidense sigue estrechando el margen de maniobra del gobierno iraní. El resultado es visible en la calle: largas filas en las gasolineras, conductores esperando durante horas y una creciente incertidumbre sobre cuánto tiempo podrá sostenerse el suministro sin acudir a medidas de emergencia. En un país donde el combustible ha sido históricamente subsidiado y políticamente sensible, cualquier ajuste tiene un costo inmediato para la economía doméstica.
El antecedente pesa demasiado como para minimizar el riesgo. En 2019, la decisión de elevar el precio de la gasolina desencadenó protestas masivas que se extendieron por distintas ciudades iraníes y terminaron en una represión feroz. Ese recuerdo condiciona ahora la discusión interna: el gobierno sabe que racionar o encarecer el combustible puede aliviar las cuentas públicas, pero también encender el descontento en una población ya golpeada por la inflación, las sanciones y el deterioro del poder adquisitivo. Esa es, en el fondo, la ecuación que enfrenta Teherán: o recorta el consumo a costa de una reacción social, o deja que la escasez siga erosionando la vida cotidiana y la estabilidad del sistema.
Más allá del caso iraní, lo que está ocurriendo confirma cómo la energía sigue siendo un punto de vulnerabilidad estratégica en países sometidos a sanciones y tensiones externas. Para la gente común, el problema se traduce en transporte más caro, tiempos perdidos en filas y una mayor presión sobre los precios de bienes y servicios. Para el gobierno, en cambio, la gasolina vuelve a ser una prueba de gobernabilidad: si actúa, arriesga protestas; si no actúa, permite que la crisis se profundice. Y en Irán, esa diferencia puede ser decisiva.

