Chocó bajo fuego: drones y combates disparan el desplazamiento en tres municipios
Imagen: El Tiempo (Colombia)
La Iglesia católica encendió las alarmas por la escalada de violencia en el Chocó, donde combates y ataques con drones están golpeando a la población civil. En Río Iró, Condoto y Nóvita, el conflicto ya dejó desplazamientos masivos y una crisis humanitaria que no cede.
La Iglesia católica volvió a poner sobre la mesa una realidad que en el Chocó lleva años incubándose y que hoy se agrava con una nueva capa de terror: los combates entre actores armados y los ataques con drones están empujando a cientos de familias a abandonar sus hogares en Río Iró, Condoto y Nóvita. Según informó El Tiempo (Colombia), el llamado eclesial busca frenar una violencia que ya no solo disputa territorio, sino que está castigando directamente a la población civil, atrapada entre el miedo, el confinamiento y el desplazamiento forzado.
De acuerdo con la información divulgada por el medio colombiano, la situación humanitaria se deterioró rápidamente en estos municipios del Chocó, una región donde la institucionalidad suele llegar tarde, cuando llega. Los enfrentamientos y el uso de drones en ataques contra comunidades han roto la cotidianidad de zonas rurales donde la gente depende del río, de la minería artesanal, de la agricultura de subsistencia y del comercio local. Cuando el conflicto se mete en esos espacios, no solo desplaza personas: paraliza escuelas, restringe la movilidad, interrumpe la atención médica y deja a los hogares sin capacidad de sostenerse por cuenta propia.
Lo que ocurre en Río Iró, Condoto y Nóvita no es un episodio aislado, sino parte de una tendencia más amplia de degradación del conflicto armado en el Pacífico colombiano, donde distintos grupos ilegales disputan corredores estratégicos para el narcotráfico, la minería ilegal y el control social. La incorporación de drones a los ataques marca un giro especialmente preocupante: habla de mayor capacidad operativa de los actores armados y de una población cada vez más vulnerable ante métodos que dificultan la protección civil. Para las familias afectadas, el resultado es siempre el mismo: salir con lo puesto, abandonar tierras, perder ingresos y depender de una ayuda estatal que suele llegar fragmentada y con retraso. En el fondo, el Chocó sigue pagando el precio de ser una de las regiones con más abandono histórico de Colombia.
El llamado de la Iglesia no es solo una denuncia moral; también es un recordatorio de que, sin presencia estatal real, la violencia seguirá llenando el vacío. Si no hay una respuesta coordinada de seguridad, asistencia humanitaria y protección comunitaria, el desplazamiento puede seguir creciendo y convertir estos municipios en otro capítulo de una crisis que Colombia conoce demasiado bien: comunidades enteras obligadas a huir mientras el país mira, una vez más, desde la distancia.


