Política

De la Espriella quiere importar el modelo de voceros de la Casa Blanca: el riesgo en Colombia

Hace 22 horas

El gobierno de Abelardo de la Espriella intentará rescatar una figura poco efectiva en Colombia: los voceros oficiales. La apuesta busca ordenar el mensaje estatal, pero también expone los riesgos de concentrar la comunicación política.

El gobierno entrante de Abelardo de la Espriella quiere ensayar una fórmula conocida en Estados Unidos pero históricamente problemática en Colombia: centralizar la comunicación política a través de voceros oficiales. La apuesta, según informó El Tiempo - Política, busca emular el modelo de la Casa Blanca, donde la voz institucional suele salir por canales estrictamente controlados, con mensajes unificados y narrativa disciplinada. En teoría, la estrategia pretende evitar contradicciones, reducir improvisaciones y darle al Ejecutivo una línea clara frente a la opinión pública. En la práctica, sin embargo, revive una herramienta que en el país ha tenido resultados desiguales y, muchas veces, escasa credibilidad.

La figura del vocero no es nueva en el aparato estatal colombiano, pero pocas veces ha funcionado como mecanismo eficaz de comunicación política sostenida. De acuerdo con lo que ha recogido El Tiempo - Política, el reto no está solo en nombrar a una persona que hable por el gobierno, sino en construir autoridad, coherencia y confianza alrededor de ese rol. Colombia ha visto gobiernos que intentan ordenar su relato desde el centro, pero terminan chocando con un problema de fondo: cuando el mensaje se percibe como propaganda o como blindaje ante preguntas incómodas, el vocero pierde peso y se vuelve una pieza decorativa. En un país marcado por la desconfianza hacia el poder, el exceso de control comunicacional suele levantar más sospechas que certezas.

La comparación con la Casa Blanca no es menor. En Estados Unidos, la figura del portavoz presidencial opera dentro de una maquinaria institucional robusta, con rutinas, vocerías especializadas y un ecosistema mediático que obliga al gobierno a sostener versiones verificables. En Colombia, en cambio, la comunicación del Estado suele depender demasiado del temperamento del mandatario, de sus redes sociales o de reacciones dispersas entre ministerios. Por eso la estrategia de De la Espriella no solo apunta a mejorar la técnica, sino a controlar el relato político desde el inicio. El problema es que ese modelo, trasladado sin ajustes al contexto colombiano, puede terminar chocando con una prensa más confrontacional, una ciudadanía más escéptica y una institucionalidad menos cohesionada. En un momento en que la política exige transparencia más que escenografía, la verdadera prueba no será la existencia del vocero, sino su capacidad de responder con información sólida y no con lealtad ciega.

Al final, esta apuesta revela algo más profundo que una decisión de protocolo: muestra la intención de un gobierno de administrar el poder también desde la narrativa. Si logra funcionar, podría darle orden a la comunicación oficial; si fracasa, se convertirá en otro experimento importado que no entiende las reglas del terreno colombiano. Y en política, como suele pasar, no basta con hablar bien: hay que convencer, sostener y, sobre todo, rendir cuentas.

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