El día que la lluvia olvidó caer sobre Soledad
Omar RodríguezHace 2 horas
En un rincón de Soledad, Atlántico, una niña descubrió que la lluvia no había desaparecido por falta de nubes, sino porque los habitantes habían olvidado escuchar lo que la tierra intentaba decirles. Por. Omar Rodriguez SANA Prensa Independiente | EcoInvestiga Literatura de sensibilización ecológica — Cuento original

En Soledad, Atlántico, el calor tenía la costumbre de llegar antes que el amanecer.
Se metía por las rendijas de las ventanas, dormía debajo de las camas y permanecía sentado en las terrazas, esperando a que los habitantes salieran a conversar cuando el sol comenzaba a esconderse.
Pero aquel verano sucedió algo que ni los abuelos más viejos recordaban.
Las nubes empezaron a pasar sobre el pueblo sin dejar caer una sola gota.
Eran nubes enormes, oscuras y pesadas, tan parecidas a las que anunciaban los aguaceros de otros tiempos que las mujeres recogían la ropa de los patios y los vendedores cubrían sus mercancías.
Sin embargo, nunca llovía.
Las nubes llegaban, se detenían unos instantes sobre los tejados y continuaban su camino.
Como si hubieran olvidado para qué servían.
En una casa de paredes amarillas vivía Luciana, una niña de once años que coleccionaba semillas en frascos de vidrio.
Su abuela Mercedes decía que cada semilla era una promesa que la tierra guardaba para cuando llegaran tiempos mejores.
Luciana no entendía del todo aquellas palabras, pero había aprendido a conservar las semillas de los frutos que comían en casa.
Tenía semillas de mango, guayaba y tamarindo.
Las guardaba con tanto cuidado que su abuela bromeaba diciendo que algún día sembraría un bosque dentro de la cocina.
Una tarde, mientras observaba las nubes desde la terraza, Luciana preguntó:
—Abuela, ¿por qué ya no llueve?
Mercedes dejó de abanicar el aire con un cartón.
Miró el cielo durante un largo rato.
—Tal vez la lluvia está buscando dónde descansar.
—¿Y por qué no descansa aquí?
La anciana señaló la calle.
—Mira bien, mija.
Luciana observó el pavimento caliente, las bolsas atrapadas junto al bordillo y los vasos plásticos que el viento arrastraba de un lado a otro.
Más allá, una alcantarilla estaba cubierta de desperdicios.
Pero no comprendió qué tenía aquello que ver con las nubes.
—La lluvia no mira solamente el cielo —dijo Mercedes—. También encuentra lo que dejamos en la tierra.
Al día siguiente, Luciana decidió seguir una bolsa azul que el viento empujaba por la calle.
La bolsa giró frente a una tienda, atravesó un charco de agua sucia y terminó enredada en una pequeña planta que había conseguido crecer entre dos piedras.
Luciana intentó liberarla.
Cuando tocó sus hojas, escuchó una voz diminuta.
—Hace días que no puedo respirar.
La niña retiró la mano.
Miró alrededor.
No había nadie.
—¿Quién habló?
—Aquí abajo.
Luciana se arrodilló.
La planta tenía apenas cuatro hojas verdes y un tallo tan delgado que parecía sostenerse por pura terquedad.
—¿Tú hablas?
—Solo cuando alguien se detiene a escuchar.
Luciana sintió un escalofrío a pesar del calor.
—¿Y por qué estás tan triste?
La planta movió sus hojas.
—Porque todos pasan mirando hacia adelante y nadie ve lo que queda a sus pies.
La niña retiró la bolsa con cuidado.
Debajo había tierra endurecida y pequeños fragmentos de plástico.
—¿Así estás mejor?
—Un poco —respondió la planta—. Pero no soy la única.
Luciana levantó la mirada.
Por primera vez observó las calles de su barrio como si nunca las hubiera conocido.
Vio residuos acumulados junto a las esquinas, envoltorios atrapados entre las hierbas y pequeños espacios donde antes podían crecer plantas.
Regresó corriendo a su casa.
—¡Abuela, las plantas hablan!
Mercedes continuó pelando un mango.
—Siempre lo han hecho.
—¿Y por qué nadie las escucha?
La anciana dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Porque escuchar también obliga a cambiar.
Durante los días siguientes, Luciana comenzó a recoger los residuos que encontraba cerca de su casa.
Al principio lo hacía sola.
Una vecina le preguntó por qué perdía el tiempo recogiendo lo que otros ensuciaban.
—Porque si todos pensamos así, nunca va a estar limpio —respondió.
Otro vecino le dijo que aquello era responsabilidad de las autoridades.
Luciana no lo contradijo.
Había escuchado a su abuela explicar que los servicios públicos y el cuidado de las calles eran obligaciones que debían cumplirse.
Pero también sabía que arrojar una bolsa al suelo era una decisión que ninguna autoridad podía tomar por quien la dejaba allí.
Una tarde invitó a tres compañeros de escuela.
Después llegaron otros niños.
Algunos adultos se unieron para ayudarles a separar residuos y despejar los lugares donde podían acumularse.
No podían resolver por sí solos todos los problemas del barrio, pero consiguieron organizar una pequeña jornada comunitaria y solicitar apoyo para retirar los desechos reunidos.
Luciana llevó los frascos de semillas que guardaba en la cocina.
Con ayuda de Mercedes, eligieron espacios adecuados para sembrar, consultaron qué plantas podían crecer allí y consiguieron personas que se comprometieran a cuidarlas.
El calor seguía siendo intenso.
Las nubes continuaban cruzando el cielo sin detenerse.
Pero algo había cambiado en las calles.
Los vecinos comenzaron a conversar sobre lo que antes preferían ignorar.
Una noche, Luciana despertó al escuchar tres golpes sobre el techo.
Se incorporó.
Esperó.
Sonaron otros tres.
Corrió hacia la ventana.
Una gota de agua descendió lentamente por el vidrio.
Después cayó otra.
Y otra.
La niña salió a la terraza.
El cielo estaba oscuro y el aire olía a tierra caliente.
—¡Abuela! —gritó—. ¡Está lloviendo!
Mercedes apareció envuelta en una bata de flores.
Observó el cielo y sonrió.
La lluvia comenzó a caer sobre las casas, las terrazas y las calles.
Luciana extendió las manos.
Quería creer que las nubes habían visto lo que los vecinos estaban haciendo.
Su abuela, sin embargo, le explicó al día siguiente que las lluvias obedecían a procesos naturales mucho más grandes y que limpiar una calle no podía controlar el clima.
—Entonces, ¿no hicimos que lloviera? —preguntó Luciana, decepcionada.
—No, mija. Pero hicimos algo que también importa.
—¿Qué cosa?
—Preparamos mejor nuestro barrio para recibirla.
La lluvia había arrastrado hojas y pequeños residuos hacia los desagües, pero en las zonas que habían limpiado había menos basura acumulada.
No todo estaba resuelto.
Quedaban calles por atender, lugares sin árboles suficientes y problemas que necesitaban decisiones de las autoridades.
Sin embargo, aquella mañana los vecinos salieron a revisar lo ocurrido y a organizar nuevas tareas.
Pasaron los meses.
Algunas semillas germinaron.
Otras nunca lo hicieron.
Una pequeña mata de tamarindo comenzó a crecer junto a un espacio comunitario donde los vecinos se habían comprometido a cuidarla.
Luciana visitaba la planta cada tarde.
Le llevaba agua cuando era necesario, retiraba los residuos cercanos y observaba cómo aparecían hojas nuevas.
Una vez creyó escuchar nuevamente aquella voz diminuta.
—Gracias.
Miró alrededor.
No había nadie.
—¿Fuiste tú? —preguntó.
Las hojas se movieron con la brisa.
Luciana sonrió.
Ya no necesitaba saber si las plantas hablaban realmente o si su imaginación había encontrado una manera diferente de comprenderlas.
Había aprendido algo más importante.
Que la naturaleza no comienza solamente donde terminan las ciudades.
También existe en el árbol de una esquina, en la tierra de un patio, en un pequeño jardín y en cada espacio donde la vida intenta abrirse camino.
Muchos años después, cuando Luciana regresó a aquella calle, encontró el tamarindo convertido en un árbol joven.
Un niño descansaba bajo su sombra.
A pocos pasos, una bolsa de plástico avanzaba empujada por el viento.
El niño se levantó, la recogió y la llevó hasta un recipiente adecuado.
Luciana permaneció inmóvil.
Recordó a su abuela, las semillas guardadas en frascos y aquella tarde en que una planta le había pedido ayuda.
Comprendió entonces que el cambio más importante no había ocurrido cuando comenzó a llover.
Había sucedido mucho antes, cuando alguien decidió que una calle sucia no tenía por qué seguir siendo siempre una calle sucia.
Y mientras el viento caliente recorría Soledad, las hojas del tamarindo se movieron sobre su cabeza.
Parecían decirle que todavía quedaba mucho por hacer.

Corresponsal | Periodista investigativo
Omar Rodríguez es periodista, corresponsal y periodista investigativo de SANA Prensa Independiente, con base en Nueva York. Cuenta con más de una década de experiencia vinculada al ejercicio periodístico y a la cobertura de temas de interés público, actualidad, migración, derechos humanos, comunidad y asuntos institucionales.
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