Capitán Marco David Pirajón: 15 años de servicio y una vida truncada en Ocaña
Imagen: El Tiempo (Colombia)
El Ejército perdió a dos de sus hombres en el ataque del Eln al batallón de Ocaña, entre ellos el capitán Marco David Pirajón, un oficial con 15 años de servicio. Su muerte vuelve a exhibir el costo humano de una guerra que sigue golpeando a Norte de Santander.
La muerte del capitán Marco David Pirajón en el ataque del Eln contra el batallón de Ocaña, en Norte de Santander, no solo deja una nueva baja para el Ejército: también retrata el costo humano de una guerra que sigue cobrando vidas de uniformados en una de las zonas más castigadas por la violencia armada en Colombia. Pirajón era uno de los dos militares asesinados en la acción, y su historia le pone nombre propio a una cifra que muchas veces se queda en el registro oficial.
Según informó El Tiempo (Colombia), el capitán llevaba 15 años en la institución, había nacido en Sogamoso y era el hijo mayor de un mayor del Ejército ya pensionado. Ese dato, que en apariencia es biográfico, ayuda a entender la dimensión del golpe: no se trataba de un hombre improvisado en la carrera militar, sino de un oficial formado durante años, con trayectoria, disciplina y un vínculo familiar profundo con la vida castrense. En otras palabras, la violencia no solo se llevó a un combatiente; arrancó a un hijo de una familia marcada por el servicio militar y a un oficial que había dedicado buena parte de su vida adulta al uniforme.
El caso de Pirajón también obliga a mirar el mapa más amplio de Norte de Santander, un departamento que sigue siendo escenario de disputas armadas, presión sobre la fuerza pública y una presencia persistente de grupos ilegales que buscan controlar corredores estratégicos. Ocaña no es un punto aislado: está en una región donde confluyen economías ilícitas, movilidad de estructuras guerrilleras y una población civil que lleva años viviendo entre retenes, atentados, amenazas y el temor cotidiano de quedar en medio del fuego cruzado. Por eso este ataque no puede leerse solo como un hecho militar, sino como una señal de que la confrontación armada continúa afectando la seguridad regional y erosionando cualquier promesa de tranquilidad para la población.
Lo que deja esta historia es algo más profundo que un reporte de orden público. Cuando un capitán con 15 años de servicio muere en un ataque como este, el país vuelve a enfrentarse a la pregunta de fondo: ¿cuánto más puede resistir una zona donde la guerra parece adaptarse a cada intento de control estatal? Mientras se conocen más detalles del ataque y de sus responsables, la familia de Pirajón y la de su compañero asesinado cargan con la parte más dura de esta noticia. Y para Colombia, el episodio confirma que la violencia en el nororiente sigue siendo una herida abierta que no se cierra con comunicados ni con cifras oficiales.

