La pobreza sostenida deja huellas en el cerebro, según un estudio británico de décadas

Imagen: infobae estados unidos
Un estudio británico siguió durante décadas a más de 2.700 personas nacidas en 1946 y halló una relación entre pobreza persistente y peor salud cerebral en la adultez. La presión financiera acumulada se asocia con menor rendimiento cognitivo y memoria, incluso controlando otros factores.
La pobreza no solo vacía los bolsillos: también podría estar erosionando el cerebro con el paso de los años. Un estudio británico que siguió durante décadas a más de 2.700 personas nacidas en marzo de 1946 encontró que quienes pasaron buena parte de su vida adulta en el tramo más pobre del grupo obtuvieron peores resultados en pruebas cognitivas y de memoria en la mediana edad y en etapas posteriores, una señal inquietante sobre cómo el estrés financiero acumulado puede traducirse en daño neurológico a largo plazo.
La investigación, publicada en la revista Innovation in Aging y reseñada por infobae estados unidos, se apoya en una cohorte excepcional por su duración: los participantes aceptaron que su salud y sus circunstancias sociales fueran observadas durante años. Los resultados muestran que pertenecer al 20% más pobre entre los 25 y los 50 años se asoció con peores desempeños posteriores, y que quienes reportaron haber tenido dificultades para pagar sus cuentas al menos dos veces entre los 30 y los 40 años también salieron peor librados en evaluaciones de memoria, velocidad de lectura y cálculo. Lo más relevante es que el efecto se mantuvo incluso después de ajustar por desventajas de la infancia, nivel educativo y capacidades cognitivas tempranas, lo que refuerza la idea de que no estamos ante una simple prolongación de la pobreza infantil, sino ante el impacto de la presión económica en la vida adulta.
Ese matiz importa mucho. Durante años, buena parte de la discusión sobre desigualdad y salud se ha centrado en cómo la infancia marca la trayectoria de una persona; este estudio agrega una capa más incómoda: la adultez también puede ser una etapa de desgaste cerebral si está atravesada por la precariedad. Jacques Wels, coautor del trabajo y sociólogo cuantitativo del University College de Londres, explicó que la fortaleza del estudio está en seguir a las personas a lo largo de décadas y no tomar una sola fotografía del problema. Aun así, admitió que no es posible separar por completo cuánto del daño proviene del estrés financiero en sí —que puede generar inflamación y consumir recursos mentales— y cuánto se explica por hábitos de mayor riesgo asociados a la pobreza, como fumar o beber. La profesora Arline Geronimus, de la Universidad de Michigan, que no participó en la investigación, planteó además una duda relevante: es posible que los peores efectos del estrés ya hayan cobrado la vida de muchos antes de los 60 años, lo que significaría que el daño real podría estar subestimado.
El hallazgo, en todo caso, encaja con una discusión más amplia sobre desigualdad y envejecimiento. Si la presión financiera puede acelerar el deterioro cognitivo, la pobreza deja de ser solo un problema de ingresos para convertirse también en un asunto de salud pública, con implicaciones para sistemas sanitarios, pensiones y cuidados de larga duración. Para países como Estados Unidos y Colombia, donde millones de personas viven al filo del endeudamiento y la inestabilidad laboral, el mensaje es claro: la precariedad no solo limita las oportunidades del presente, también puede encoger las capacidades del futuro. Y eso convierte al estrés económico en algo más serio que una molestia cotidiana: en un factor que podría estar moldeando la salud del cerebro durante toda la vida.



