León XIV respalda a los obispos franceses y evita una autocrítica frontal por los abusos

Imagen: El País
León XIV elogió públicamente la gestión de la Iglesia francesa frente a los abusos sexuales cometidos por clérigos y evitó una autocrítica frontal. En privado, sin embargo, reconoció ante víctimas que la pederastia es un problema “sistémico”.
La primera señal fuerte de León XIV sobre el escándalo de los abusos en la Iglesia no fue una confesión de errores, sino un gesto de respaldo a la jerarquía francesa. El Papa felicitó a los obispos de ese país por la “firmeza” con la que, según su lectura, han encarado los casos de pederastia clerical, una posición que marca distancia con la expectativa de una autocrítica más dura en uno de los capítulos más devastadores para la credibilidad de la institución católica. La señal política y moral es clara: el nuevo pontífice parece inclinado a administrar el desgaste, no a reabrir una purga pública que vuelva a poner a la Iglesia en el banquillo.
La matización llegó después y lejos de los reflectores. De acuerdo con la información publicada por El País, en un encuentro privado con víctimas León XIV admitió que el problema no se reduce a casos aislados ni a conductas individuales, sino que tiene un carácter “sistémico”. Esa diferencia entre el lenguaje público y el reconocimiento reservado no es menor: habla de una estrategia de contención que busca sostener la autoridad institucional mientras se concede, al menos en privado, que el daño es estructural y no una suma de desviaciones puntuales. En otras palabras, el Vaticano parece querer cerrar la etapa del escándalo sin cargar del todo con el costo político de una confesión completa.
El caso francés importa porque Francia se convirtió en uno de los países donde la Iglesia tuvo que enfrentar con más crudeza la magnitud de los abusos, empujada por investigaciones, informes y el testimonio de miles de víctimas. Cualquier gesto desde Roma hacia ese proceso no es solo simbólico: define hasta dónde está dispuesto el Vaticano a acompañar la depuración interna o, por el contrario, a convertir la gestión del desastre en una narrativa de superación. Para los fieles, especialmente para quienes han exigido reparación y verdad, la diferencia entre elogiar la “firmeza” episcopal y asumir una responsabilidad institucional plena es decisiva. Lo primero protege a la Iglesia; lo segundo la obliga a cambiar. Y por ahora, León XIV parece moverse en esa tensión incómoda: reconoce la gravedad del problema cuando habla con las víctimas, pero públicamente evita asumir que la credibilidad perdida solo podrá recuperarse con más verdad que prudencia.




