Colombia

De Barranquilla al poder: De La Espriella reactiva el debate sobre descentralización

Hace 3 horas

Abelardo De La Espriella plantea gobernar desde Barranquilla y reabre el debate sobre la descentralización del poder en Colombia. La idea revive un antecedente histórico: Rafael Núñez dirigió el país desde su casa en El Cabrero, en Cartagena, apoyado por el telégrafo.

La propuesta del presidente electo Abelardo De La Espriella de gobernar desde Barranquilla no es solo un gesto simbólico: es una declaración política sobre la descentralización del poder en Colombia. En un país acostumbrado a concentrar sus decisiones en Bogotá, la idea de trasladar el centro de mando a la costa Caribe toca una fibra histórica y, al mismo tiempo, abre una discusión de fondo sobre cómo se ejerce la autoridad desde los territorios y no únicamente desde la capital.

El antecedente más llamativo está en la experiencia de Rafael Núñez, quien en el siglo XIX llegó a dirigir el país desde su casa en el barrio El Cabrero, en Cartagena de Indias. Según recuerda El Tiempo (Colombia), esa forma de gobernar fue posible gracias al telégrafo, una tecnología que permitía mantener el hilo administrativo entre la costa y el resto del país en una época en la que el traslado físico del poder no era una condición indispensable para mandar. El paralelo con la actualidad no es menor: hoy no es el telégrafo, sino la infraestructura digital, la conectividad aérea y las redes de comunicación las que hacen viable que un presidente no permanezca de manera permanente en la sede tradicional del poder.

Pero el fondo del asunto va mucho más allá de la logística. Gobernar desde Barranquilla, si se concreta, tendría una carga política evidente: sería una señal de ruptura con el centralismo histórico que ha marcado la vida institucional colombiana. En la práctica, podría traducirse en una mayor visibilidad para la región Caribe y en una promesa de acercamiento a problemas que desde Bogotá suelen administrarse a distancia, como la pobreza regional, el rezago en infraestructura, la desigualdad territorial y la lentitud de la respuesta estatal frente a las necesidades de las periferias. Para muchos ciudadanos, especialmente fuera de la capital, el debate no es si el presidente duerme en Bogotá o en Barranquilla, sino si realmente cambia la manera en que el Estado reparte recursos, toma decisiones y escucha a las regiones.

Por eso el anuncio de De La Espriella debe leerse menos como una curiosidad protocolaria y más como una prueba política. Si la descentralización se queda en una mudanza temporal del despacho, el efecto será limitado y probablemente mediático. Si, en cambio, viene acompañada de decisiones reales para trasladar poder, presupuesto y capacidad de gestión a las regiones, podría convertirse en una de las discusiones institucionales más relevantes del nuevo gobierno. La historia de Núñez demuestra que gobernar lejos de la sede tradicional no es imposible; la pregunta, más incómoda y más importante, es si el país está listo para que el centro deje de dictar solo y las regiones empiecen a mandar de verdad.

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