Trump recibe al presidente del Líbano en medio del plan para limitar a Hezbollah
Imagen: infobae mundo
Washington y Beirut avanzan en una nueva fase del intento por desarmar a Hezbollah, con una reunión entre el presidente libanés y Donald Trump. El encuentro llega tras el inicio de un plan que pone al ejército del Líbano al frente de zonas piloto en el sur del país.
La reunión entre el presidente del Líbano y Donald Trump en Washington marca un nuevo capítulo en la presión internacional para reducir el poder militar de Hezbollah, en un momento en que Estados Unidos ya empezó a implementar un acuerdo que fortalece al ejército libanés en el sur del país. El movimiento no es menor: se trata de una apuesta por trasladar control territorial a las fuerzas estatales en una zona donde durante años ha pesado la influencia del grupo armado respaldado por Irán.
Según informó infobae mundo, el encuentro se produjo apenas un día después de que Washington anunciara el arranque de la aplicación de un entendimiento que concede al ejército del Líbano la responsabilidad sobre “zonas piloto” en el sur. Esas áreas están ubicadas, en su mayoría, fuera de los territorios que Israel ocupó tras la expansión del conflicto en Medio Oriente, un dato clave porque muestra que la estrategia no solo apunta a contener la tensión con Israel, sino también a reordenar el mapa de poder interno libanés. En términos prácticos, el mensaje es claro: el Estado libanés debe recuperar presencia en un espacio donde Hezbollah ha operado como actor militar, político y territorial.
El trasfondo explica por qué esta reunión tiene peso más allá de la foto diplomática. El Líbano arrastra una crisis de soberanía fragmentada desde hace décadas, y Hezbollah ha sido durante años el actor no estatal más poderoso del país, con capacidad de decisión militar propia y una agenda regional que ha arrastrado a Beirut a conflictos que no siempre coinciden con los intereses de la población libanesa. Para Washington, debilitar esa estructura es parte de una estrategia más amplia para limitar la proyección de Irán en la región. Para Beirut, en cambio, el desafío es mucho más delicado: necesita apoyo externo, pero también evitar una escalada interna que fracture aún más a un país golpeado por crisis económica, presión social e inestabilidad política.
Lo que ocurra después dependerá de si el plan piloto logra traducirse en control real sobre el terreno y, sobre todo, en una reducción efectiva del poder de Hezbollah sin provocar una reacción violenta o una parálisis institucional. Para la población libanesa, el debate no es solo geopolítico: está en juego quién garantiza seguridad, quién administra el territorio y si el Estado puede volver a ejercer autoridad en una de las regiones más sensibles del país. En ese tablero, la reunión en Washington es una señal de avance, pero todavía no una solución.




