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‘Dorian Gray’ revive en el Grec como una advertencia sobre belleza, deseo y decadencia

Hace 1 hora
‘Dorian Gray’ revive en el Grec como una advertencia sobre belleza, deseo y decadencia

Imagen: El País

La versión de Marc Rosich de 'El retrat de Dorian Gray' se ha convertido en uno de los títulos más sólidos del Grec por su lectura afilada sobre la belleza, el deseo y la decadencia. Àngels Gonyalons sostiene un montaje que convierte a Wilde en una advertencia vigente sobre la obsesión por la imagen.

El Grec ha encontrado en ‘El retrat de Dorian Gray’ uno de esos montajes que no solo llenan cartel, sino que dejan una idea dando vueltas mucho después de que cae el telón. La propuesta de Marc Rosich, con Àngels Gonyalons al frente, toma la novela de Oscar Wilde y la devuelve al presente como una fábula incómoda sobre la juventud convertida en mercancía, el deseo como motor de autodestrucción y la belleza como una forma sofisticada de condena. No hay aquí una adaptación decorativa: hay una lectura con nervio, clara en sus intenciones y afilada en su manera de exponer la podredumbre moral que late bajo la superficie del brillo.

El montaje pone el foco en la inmoralidad, en esa mirada social que empuja a valorar más la apariencia que la experiencia, y en el precio de convertir la vida en un escaparate. Según destaca la información difundida por El País, la propuesta de Rosich materializa precisamente esos grandes temas de Wilde a través de un trabajo escénico que sostiene Gonyalons con autoridad y presencia. Su protagonismo no parece limitarse a cargar con el peso dramático del personaje, sino a ordenar el sentido de todo el espectáculo: alrededor de ella se articulan la fascinación por lo bello, la pulsión de deseo y la sombra constante de la muerte, tres fuerzas que en la obra original nunca se separan del todo. El resultado es un teatro que habla de un hombre, sí, pero también de una sociedad que sigue castigando el paso del tiempo mientras glorifica la juventud eterna.

Que esta versión destaque en el Grec no es casual. En un momento en que la cultura visual, las redes sociales y la obsesión por la imagen dominan buena parte de la conversación pública, Dorian Gray vuelve a interpelar con una vigencia casi brutal. Wilde escribió una crítica feroz a la hipocresía victoriana, pero su diagnóstico encaja con sorprendente facilidad en la era del filtro permanente, la identidad fabricada y el culto a la juventud como capital simbólico. Por eso la obra trasciende el mero ejercicio de repertorio: funciona como espejo y como advertencia. El público no solo asiste a la caída de un personaje, sino a la de una lógica social que sigue premiando la superficie por encima del fondo.

En esa clave, el éxito del montaje en el Grec dice algo más amplio sobre el momento del teatro: cuando una obra clásica consigue hablar con precisión del presente, deja de ser patrimonio de especialistas y se convierte en una herramienta de lectura del mundo. La combinación entre la dirección de Rosich y la interpretación de Gonyalons parece apuntar justo ahí, a esa zona incómoda donde el deseo se mezcla con la vanidad y la belleza con la ruina. Y quizá por eso ‘El retrat de Dorian Gray’ funciona: porque recuerda que la obsesión por no envejecer nunca ha sido inocente, y que detrás de cada promesa de eternidad suele esconderse una forma de pérdida.

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