El FMI le da oxígeno a Bukele, pero le pone freno a su apuesta por el bitcoin

Imagen: clarin colombia
El FMI aprobó un nuevo desembolso para El Salvador y proyectó un crecimiento de 4,5% en 2026, en un espaldarazo que Bukele puede exhibir como triunfo económico. Pero el apoyo llega atado a una condición sensible: frenar las compras de bitcoin con dinero público.
El Fondo Monetario Internacional dio luz verde a un desembolso de cerca de 140 millones de dólares para El Salvador y, al mismo tiempo, elevó su pronóstico de crecimiento para la economía salvadoreña a 4,5% en 2026. La decisión le ofrece al presidente Nayib Bukele un argumento político de peso: el país sigue recibiendo respaldo de un organismo que durante años fue visto en San Salvador como un fiscal severo, no como un aliado. Pero ese guiño no llegó gratis. Una de las exigencias centrales para destrabar los recursos fue que el gobierno detuviera las compras de bitcoin con fondos públicos, una señal clara de que el Fondo no está dispuesto a validar experimentos financieros que comprometan la estabilidad fiscal.
Según informó clarín colombia, el acuerdo forma parte del programa de reformas de austeridad que El Salvador viene negociando con el organismo multilateral. En términos prácticos, el dinero sirve para dar oxígeno a las cuentas públicas y reforzar la credibilidad externa del país, que necesita financiamiento barato para sostener su economía. El ajuste incluye condiciones típicas de disciplina fiscal, pero el punto más sensible sigue siendo la relación del gobierno con la criptomoneda: Bukele convirtió al bitcoin en bandera política, pero esa apuesta ha generado dudas sobre transparencia, administración de recursos y exposición del Estado a la volatilidad de un activo que sube y baja con brusquedad. El FMI, en este caso, dejó claro que una cosa es apoyar la estabilidad macroeconómica y otra muy distinta financiar una estrategia de alto riesgo con dinero de los contribuyentes.
Lo que está en juego va más allá de una cifra de crecimiento o de un desembolso puntual. El Salvador sigue intentando vender una narrativa de orden macroeconómico, seguridad interna y control político fuerte, mientras el mundo financiero observa con cautela el costo real de ese modelo. Un crecimiento de 4,5% en 2026 sería una buena noticia para un país pequeño, con margen limitado para absorber choques externos, encarecimiento de la deuda o caída en las remesas. Pero esas proyecciones dependen de que el Gobierno mantenga la disciplina acordada y no vuelva a mezclar las finanzas públicas con apuestas simbólicas. En otras palabras: el FMI le está dando aire a Bukele, pero también le está marcando el perímetro de lo que puede y no puede hacer con el dinero del Estado.
Para la gente de a pie, el dato importante no es solo que llegue más plata desde Washington o que suba una proyección técnica. Lo que realmente importa es si ese apoyo se traduce en más empleo, menos presión sobre el bolsillo y mayor estabilidad en un país donde la economía todavía depende demasiado del pulso externo. Si el Gobierno usa este respaldo para fortalecer sus cuentas y no para insistir en una agenda financiera errática, El Salvador podría ganar algo de margen. Si no, el alivio será pasajero y el costo terminará, como suele ocurrir, en los hogares.

