La fuga, las armas y el final de una pareja marcada por la clandestinidad en Riohacha
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Rosa Angélica Tarazona, que cumplía prisión domiciliaria, salió de su encierro y retomó la relación con Naín Pérez. Ambos murieron este viernes junto a dos escoltas en un operativo en Riohacha, La Guajira.
La historia de Rosa Angélica Tarazona y Naín Pérez terminó este viernes con balas, muertos y otra vez bajo la sombra de la clandestinidad. La pareja, que había reaparecido unida pese a los antecedentes judiciales y a las restricciones de ella, murió en un operativo en Riohacha, La Guajira, junto con dos escoltas, en un episodio que vuelve a poner en primer plano la mezcla explosiva entre poder criminal, fugas y vida privada en territorios donde la violencia suele ir por delante de la justicia.
De acuerdo con El Tiempo (Colombia), Tarazona había salido de la prisión domiciliaria para regresar con Pérez, conocido también por alias asociados a una trayectoria marcada por las armas y por la evasión de controles judiciales. El operativo terminó con la muerte de ambos y la de los dos hombres que les servían de protección, un desenlace que, más allá de lo puntual, deja ver una dinámica repetida en varias regiones del país: personas con alto perfil de riesgo que se mueven entre la legalidad y la clandestinidad, mientras el Estado intenta alcanzarlas casi siempre a destiempo. En ese tipo de escenarios, cada desplazamiento, cada escolta y cada reencuentro sentimental pueden convertirse en parte del expediente criminal.
El caso importa no solo por el saldo fatal, sino por lo que revela sobre el momento de poder y vulnerabilidad que atraviesan algunos actores armados o vinculados a estructuras ilegales en La Guajira. Cuando una persona bajo prisión domiciliaria logra retomar su vida con una figura de su mismo entorno delictivo, lo que parece una historia íntima termina siendo también una señal de las fallas de control, de seguimiento y de contención institucional. Para los ciudadanos comunes de Riohacha y de municipios cercanos, estas operaciones no son hechos aislados: se sienten en el clima de miedo, en la normalización de hombres armados en las calles y en la percepción de que la autoridad llega tarde o llega solo cuando el caso ya explotó.
Lo ocurrido también deja una pregunta de fondo sobre el costo social de estas guerras pequeñas y privadas que terminan afectando a toda una comunidad. La muerte de Tarazona y Pérez, junto con la de sus escoltas, no cierra un capítulo; más bien confirma que en ciertos territorios de Colombia la vida civil convive con lógicas de persecución, lealtades violentas y relaciones sentimentales atravesadas por la ilegalidad. Y mientras no se rompa ese circuito, las historias de amor como esta seguirán terminando, una y otra vez, en tragedia.

