Morante sostiene en Mérida una corrida floja y firma la única gran obra de la noche
Morante volvió a confirmar en Mérida por qué sigue siendo un figurón del toreo, aun con una corrida floja y sin gasolina. Su faena al segundo toro sostuvo la noche y dejó la única gran imagen de una cita desigual.
Morante de la Puebla volvió a imponer su nombre en Mérida en una noche que tenía más de escaparate histórico que de gran corrida, pero en la que el sevillano se encargó de transformar la escasez en acontecimiento. Con una plaza llena hasta la sombra y un público que lo recibió en pie tras el paseíllo, el torero encontró en su presencia, en su estética y en su manera de interpretar la lidia el verdadero centro de gravedad de un festejo marcado por toros justos de raza y fuerza.
La corrida, anunciada con el envoltorio de una cita “romana” ligada al pasado de la ciudad, dejó poco margen para el lucimiento integral. Los toros de Álvaro Núñez y los de Herculano Silva salieron deslucidos en líneas generales, algunos con poca potencia y otros claramente mansos, lo que condicionó tanto el toreo a pie como el rejoneo. Morante apenas pudo firmar una primera faena sostenida en destellos, con un animal de escaso fondo y embestida descompuesta, pero fue en su segundo toro donde apareció la versión más reconocible del torero: vertical, metido entre los terrenos del toro y capaz de convertir un animal con poca codicia en una obra de ritmo lento y notable belleza plástica.
Ahí estuvo la clave de la noche. Según informó EFE, Morante tapó las carencias del toro con temple, distancia medida y una lectura fina del momento de la embestida. Lo que en manos de otro habría pasado sin pena ni gloria, él lo convirtió en una faena de valor artístico, de toreo a cámara lenta y de enorme personalidad. Ese es precisamente el tipo de contraste que explica su vigencia en el toreo actual: cuando la materia prima no acompaña, Morante no solo resiste, sino que reordena la escena y obliga al aficionado a mirar de nuevo. En un momento en que la tauromaquia busca legitimarse entre tradición, espectáculo y desgaste, figuras como la suya siguen siendo las que sostienen la conversación pública.
El problema, sin embargo, es que el brillo individual no puede esconder del todo el debate de fondo: las corridas desiguales y los toros escasos de fuste siguen siendo una constante que empobrece el espectáculo y reduce el margen de verdad en la plaza. Mérida vio a un torero grande, sí, pero también una tarde en la que la calidad artística dependió demasiado de la capacidad de uno solo para rescatar lo que el ganado no ofreció. Y ese detalle importa, porque en la tauromaquia, como en cualquier oficio de alto voltaje, el genio luce más cuando el toro permite medirlo de verdad.

