Pedido para apartar a Petro del cargo en plena campaña desata choque institucional

Imagen: clarin colombia
Un pedido inédito desde una comisión del Congreso para suspender a Gustavo Petro agitó la recta final de la campaña en Colombia. El Gobierno y varios juristas lo desestimaron al señalar que, según la Constitución, solo el Senado tiene competencia para destituirlo.
La campaña en Colombia entró en terreno de máxima tensión tras el pedido de una diputada de una comisión del Congreso para suspender a Gustavo Petro de su cargo, una jugada que de inmediato encendió las alarmas en Bogotá por su carga política y su débil sustento jurídico. La solicitud, presentada como una respuesta a una supuesta participación indebida en política, apareció en un momento especialmente sensible: días antes de la segunda vuelta presidencial, cuando cualquier movimiento institucional puede alterar el clima electoral y alimentar la polarización.
Según informó Clarín Colombia, la medida fue impulsada desde una comisión legislativa que atribuye a Petro una conducta impropia en medio de la campaña, aunque no quedó claro que exista una vía válida para llevar esa acusación hasta una sanción efectiva. El gobierno rechazó de plano la iniciativa y recordó que no cualquier órgano del Congreso puede tomar decisiones de esa magnitud. Expertos jurídicos consultados en el debate coincidieron en que la Constitución colombiana reserva al Senado la facultad de destituir al mandatario, lo que deja a la propuesta en una zona de altísimo cuestionamiento legal. En otras palabras: más allá del ruido político, la arquitectura institucional no parece respaldar el intento.
El episodio no es menor porque revela hasta qué punto la competencia electoral en Colombia se está jugando también en el terreno de la institucionalidad. Cuando una campaña entra en fase decisiva, las denuncias, los señalamientos y las respuestas desde el poder se convierten en munición política. Y en este caso, el impacto puede ser doble: por un lado, refuerza el discurso de persecución o victimización que suele capitalizar un sector del electorado; por el otro, alimenta la narrativa de quienes ven en Petro una figura que divide profundamente al país. La discusión, además, pone sobre la mesa una pregunta de fondo: ¿hasta dónde puede avanzar un órgano legislativo sin cruzar los límites que fija la Constitución?
Para la ciudadanía, estos choques no son un asunto abstracto de abogados y congresistas. Tienen consecuencias concretas en la confianza sobre las reglas del juego, justo cuando el país necesita certidumbre y no más ruido institucional. Si el episodio termina archivado, quedará como otro capítulo de la judicialización de la política colombiana; si escala, puede marcar un precedente incómodo sobre el uso de mecanismos parlamentarios en plena contienda. En ambos escenarios, el mensaje es el mismo: la batalla por el poder ya no se libra solo en las urnas, sino también en los márgenes, cada vez más estrechos, entre la política y la ley.


