Embajador de China defiende su visita al Metro de Bogotá y responde a críticas de Peñalosa

Imagen: infobae colombia
El embajador de China en Colombia salió al paso de las críticas de Enrique Peñalosa por la visita a las obras del Metro de Bogotá y defendió la presencia de la delegación asiática. Zhu Jingyang sostuvo que la actividad se hizo con autorización del alcalde Carlos Fernando Galán y que no implica una “entrega” del proyecto.
La controversia por la visita de una delegación china a las obras del Metro de Bogotá abrió un nuevo frente político en una obra que ya arrastra décadas de discusiones, retrasos y lecturas ideológicas. El embajador de China en Colombia, Zhu Jingyang, respondió a Enrique Peñalosa y defendió la actividad en el proyecto, al señalar que no se trató de una entrega “de mostrador”, sino de una visita realizada con el consentimiento del alcalde Carlos Fernando Galán y dentro de las funciones normales de la empresa china vinculada al megaproyecto.
De acuerdo con la información divulgada por infobae Colombia, Zhu explicó que la compañía china participa como constructora e inversionista bajo un esquema de concesión, por lo que su presencia en la obra hace parte de la operación contractual del proyecto y no de una cesión de control político o administrativo. La aclaración llega después de que Peñalosa cuestionara públicamente el papel de la delegación extranjera en una de las obras más sensibles de la capital, un tema que suele encender alarmas sobre soberanía, transparencia y manejo de infraestructura estratégica.
La respuesta del diplomático no es menor porque aterriza el debate en un punto que muchas veces se pierde entre trincheras partidistas: el Metro de Bogotá ya no es solo una promesa electoral, sino una obra en ejecución que depende de acuerdos técnicos, financieros y políticos de largo aliento. En ese contexto, la presencia de empresas extranjeras no es una anomalía, sino parte del modelo escogido por la ciudad para sacar adelante un proyecto que durante años fue frenado por disputas internas. Lo que está en juego no es solo quién corta la cinta, sino quién responde por los plazos, los sobrecostos, la supervisión y la capacidad del Estado para hacer valer sus condiciones frente a un contratista internacional.
Este cruce entre un exalcalde y la representación diplomática china también revela la dimensión simbólica del Metro: cada avance de obra se convierte en un campo de batalla político. Para la ciudadanía, sin embargo, el debate debería estar menos centrado en quién se atribuye la autoría y más en si la ciudad logrará, por fin, tener un sistema de transporte masivo digno, eficiente y previsible. La discusión de fondo sigue siendo la misma: Bogotá necesita resultados, no solo discursos, y el Metro será evaluado, al final, por lo que funcione sobre el terreno y no por la intensidad de las peleas alrededor de su construcción.




