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Rigola convierte a Shakespeare en una fiesta lisérgica al estilo Warhol

Hace 17 horas
Rigola convierte a Shakespeare en una fiesta lisérgica al estilo Warhol

Imagen: El País

Àlex Rigola cruza a Shakespeare con el universo de Andy Warhol en una propuesta que transforma ‘Sueño de una noche de verano’ en una fiesta lisérgica. El montaje, pese a su rareza, sale airoso y pone a dialogar el teatro clásico con la cultura pop.

Àlex Rigola ha encontrado una combinación improbable pero eficaz: llevar la comedia estival de William Shakespeare al territorio de The Factory, el mítico taller de Andy Warhol. El resultado, según destaca la crítica de El País, es un montaje que convierte ‘Somni d’una nit d’estiu’ en una experiencia visual y escénica marcada por el exceso, la ironía y el delirio pop, sin que la rareza del invento termine por hundirlo. Al contrario: la apuesta parece funcionar con solidez y con una identidad muy marcada.

La propuesta cruza dos universos que, sobre el papel, podrían chocar de frente. De un lado, la ligereza amorosa, el enredo y la fantasía del texto de Shakespeare; del otro, el ecosistema creativo y provocador de Warhol, asociado a la reproducción, la celebridad y la noche eterna de la contracultura neoyorquina. Rigola usa ese puente para reimaginar la obra no como una simple comedia de época, sino como una fiesta lisérgica donde el artificio manda y donde cada escena parece empujar al espectador hacia una lectura más sensorial que académica. En esa decisión está buena parte de la apuesta: no ilustrar el clásico, sino contaminarlo.

Que esta mezcla salga bien dice mucho del momento que vive el teatro europeo: cada vez más dispuesto a tensionar los textos canónicos para volverlos legibles desde sensibilidades contemporáneas. Aquí importa menos la fidelidad literal que la capacidad de revelar nuevas capas de sentido. Warhol, con su obsesión por la superficie, la repetición y la fama convertida en mercancía, funciona como una lente útil para mirar el juego de máscaras y deseos de Shakespeare. Y eso no es menor: en una época saturada de imágenes, de identidades performativas y de consumo rápido de cultura, la obra deja de ser una reliquia para convertirse en espejo. Para el público, el atractivo está ahí: en ver cómo un clásico del siglo XVI puede adquirir una energía extra cuando se le somete a una lectura tan insolente como bien armada.

El riesgo, claro, era terminar en un ejercicio de estilo sin sostén dramático. Pero la información disponible apunta a lo contrario: la osadía de Rigola no parece gratuita, sino sostenida por una puesta en escena que encuentra coherencia dentro de su desvarío. Y eso explica por qué la producción merece atención más allá de la anécdota estética. En tiempos en que muchas adaptaciones se limitan a actualizar decorados, esta va más lejos: discute el propio lugar del clásico y recuerda que Shakespeare sigue siendo material vivo precisamente cuando alguien se atreve a descolocarlo.

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