Múnich cierra su festival de ópera con Gounod y Verdi en clave mayor

Imagen: El País
Múnich despide su gran festival veraniego con dos títulos que resumen medio siglo de ópera europea: ‘Faust’, de Gounod, y ‘Rigoletto’, de Verdi. La cita confirma el peso de la Ópera Estatal de Baviera como uno de los grandes escenarios del continente.
Múnich cerró por todo lo alto el festival veraniego de la Ópera Estatal de Baviera con dos obras que, más que un programa doble, funcionaron como una declaración de principios: ‘Faust’, de Charles Gounod, y ‘Rigoletto’, de Giuseppe Verdi. El cierre tuvo algo de conversación entre gigantes de la cultura europea, con Goethe y Victor Hugo cruzándose sobre el escenario a través de dos partituras que siguen condensando ambición literaria, drama humano y una forma de entender la ópera como espectáculo total.
La apuesta del teatro bávaro no fue menor. Reunir en la clausura del festival dos títulos tan reconocibles del repertorio implica exigirle a la producción una precisión quirúrgica: canto, puesta en escena, orquesta y dirección artística deben sostener obras que el público conoce bien y compara sin clemencia. Según informó El País, ambas funciones salieron airosas y dejaron la impresión de un final brillante para una temporada estival que buscó combinar popularidad, rigor y una ejecución de alto nivel.
Lo interesante de esta programación es que no se limita a ofrecer piezas célebres para asegurar taquilla. También dice mucho sobre el lugar que ocupa hoy la Ópera Estatal de Baviera en el mapa cultural europeo: un escenario que compite por prestigio internacional a través de repertorio clásico, pero también de la capacidad de leerlo con una sensibilidad contemporánea. ‘Faust’ y ‘Rigoletto’ no son simples reliquias del siglo XIX; siguen siendo espejos de obsesiones muy actuales, desde la fragilidad del deseo hasta el costo moral del poder y la humillación. Por eso importan más allá del circuito melómano: porque muestran cómo la ópera todavía puede dialogar con públicos amplios sin perder densidad artística.
En un momento en que muchas instituciones culturales europeas enfrentan presión presupuestaria, caída de audiencias jóvenes y la tentación de programar sin riesgo, Múnich opta por lo contrario: confiar en el repertorio canónico, pero hacerlo con ambición escénica. Ese gesto tiene una lectura clara. La supervivencia de la ópera no pasa solo por modernizarse, sino por demostrar que las grandes obras aún pueden conmover, incomodar y llenar salas cuando se interpretan con inteligencia. El festival bávaro, al cerrar con Gounod y Verdi, recordó que la tradición no es un museo: es un campo de batalla vivo donde cada temporada se juega la relevancia del género.


