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Irán endurece la represión y condena a muerte a dos mujeres por protestar

Hace 1 hora

Irán volvió a endurecer su respuesta contra la disidencia al condenar a muerte a dos mujeres vinculadas a las protestas contra el régimen. Las sentencias llegan en medio de denuncias por juicios sin garantías y una nueva ola de ejecuciones.

Irán volvió a enviar una señal brutal de que la protesta sigue siendo tratada como una amenaza existencial por el régimen. Taraneh Rahimi y Leila Abolhasani fueron condenadas a muerte por su presunta participación en las manifestaciones de enero de 2026, una decisión que se suma a una escalada de ejecuciones y que reaviva las denuncias sobre procesos judiciales sin garantías, según informó Infobae Mundo.

De acuerdo con esa información, los casos de ambas mujeres no aparecen de forma aislada, sino como parte de una respuesta represiva más amplia contra quienes salieron a las calles en rechazo al poder iraní. Organizaciones y observadores críticos del sistema judicial han cuestionado que estos expedientes se tramiten con pocas garantías de defensa, bajo cargos vinculados a la seguridad del Estado y en un entorno en el que las confesiones forzadas, la falta de acceso pleno a abogados y la presión política suelen marcar el desarrollo de estos procesos.

Lo que está ocurriendo importa mucho más allá del expediente de dos mujeres. En Irán, la pena de muerte no solo funciona como castigo penal, sino como instrumento político para disuadir la movilización social y sembrar temor en una población que ya ha demostrado en ciclos anteriores su capacidad de desafiar al poder. Las protestas de enero de 2026 parecen haber activado una nueva fase de mano dura: cuando el Estado convierte la disidencia en delito capital, el mensaje no es solo para las acusadas, sino para cualquiera que piense en volver a marchar. Y eso tiene implicaciones directas para la estabilidad interna del país, para la presión internacional sobre Teherán y para la ya deteriorada credibilidad de su sistema judicial.

El trasfondo también revela una constante del régimen iraní: cada ola de protesta suele ir seguida de una ola de castigo ejemplarizante. En ese patrón, las mujeres ocupan un lugar especialmente sensible porque han estado en el centro de la resistencia social en los últimos años, desafiando no solo la autoridad política sino también el control conservador sobre la vida pública y privada. Por eso, estas condenas no solo deben leerse como casos judiciales, sino como una advertencia política. Y esa advertencia, en un país donde la justicia se mezcla con la coerción del Estado, suele tener un costo humano altísimo.

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