La nueva evasión juvenil: medicamentos para la ansiedad reemplazan al alcohol en las fiestas

Imagen: BBC Mundo
Una tendencia silenciosa está ganando terreno entre jóvenes: dejar el alcohol y buscar en medicamentos contra la ansiedad una forma más rápida de desinhibirse en las fiestas. El fenómeno, que BBC Mundo identifica como parte de la llamada “generación sobria”, abre preguntas serias sobre salud mental y abuso de fármacos.
Cada vez más jóvenes están cambiando el alcohol por medicamentos contra la ansiedad para desinhibirse en fiestas y reuniones, una práctica que ya no parece marginal sino parte de una cultura juvenil que busca escapar de la resaca, controlar mejor sus noches y, al mismo tiempo, lidiar con el malestar emocional cotidiano. Según informó BBC Mundo, esta tendencia se inscribe en lo que algunos ya llaman la “generación sobria”: personas que reducen o eliminan el consumo de alcohol, pero que no necesariamente están resolviendo el fondo del problema, sino reemplazando una sustancia por otra con riesgos distintos y, en algunos casos, más difíciles de detectar.
El cambio no es menor. Durante décadas, la conversación pública sobre el ocio juvenil giró alrededor del exceso de alcohol; hoy, el panorama se mueve hacia el uso de ansiolíticos u otros medicamentos de prescripción con fines recreativos. Esa lógica de “sentirse ebrios” sin beber no solo normaliza el consumo no médico de fármacos, sino que también borra una frontera peligrosa entre tratamiento y recreación. En el centro del asunto está una mezcla de ansiedad, presión social y una cultura digital que ha vuelto más visibles los discursos sobre salud mental, pero no siempre más saludables las soluciones que los jóvenes encuentran para sobrellevarla.
El trasfondo importa porque esta conducta revela una contradicción de fondo: una generación más consciente de los daños del alcohol, pero expuesta a nuevas formas de evasión química. En Estados Unidos y en varios países de América Latina, el acceso desigual a atención psicológica, el encarecimiento de los servicios de salud y la banalización de los psicofármacos en entornos familiares o sociales crean el terreno perfecto para que este fenómeno crezca. En Colombia, por ejemplo, donde el consumo de medicamentos sin control médico también es un problema de salud pública, la alerta no debería limitarse a la fiesta: apunta a una juventud que intenta anestesiar la ansiedad con lo que tiene a mano, a veces sin medir consecuencias como dependencia, sobredosis o interacciones peligrosas.
La discusión, en el fondo, no es solo sobre sustancias, sino sobre el tipo de alivio que están buscando los jóvenes y por qué. Si antes el debate giraba alrededor de cuánto alcohol se tomaba para “pasarla bien”, hoy la pregunta es más inquietante: qué está empujando a tantos a usar medicamentos para conseguir ese mismo efecto. Y ahí es donde la tendencia deja de ser una simple moda y se convierte en una señal de alarma sobre salud mental, acceso a tratamiento y el vacío que siguen dejando las respuestas institucionales frente al malestar de una generación entera.



