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Cristina Monge: del pesimismo al activismo frente a una época que parece distópica

Hace 2 horas
Cristina Monge: del pesimismo al activismo frente a una época que parece distópica

Imagen: BBC Mundo

Cristina Monge sostiene que la salida a la sensación de distopía no pasa por el optimismo ingenuo, sino por convertir el pesimismo en acción colectiva. La socióloga y politóloga española propone recuperar la confianza en lo público justo cuando muchas democracias parecen desgastadas.

En tiempos de incertidumbre política, climática y social, la socióloga y politóloga española Cristina Monge propone una idea que va a contracorriente del desaliento dominante: no se trata de volverse optimista, sino de pasar del pesimismo al activismo. La diferencia, dice en una entrevista concedida a BBC Mundo, no es semántica sino política: el pesimismo puede paralizar, mientras que el activismo convierte la preocupación en organización, participación y presión ciudadana. Su planteamiento llega en un momento en que amplios sectores de la población desconfían de los Estados, pero siguen recurriendo a ellos cuando todo se descompone, desde una emergencia natural hasta una crisis de seguridad.

Monge parte de una contradicción que resume bien el presente: mucha gente cuestiona la capacidad de las instituciones para resolver los problemas cotidianos, pero cuando ocurre una catástrofe —un terremoto, un incendio, una inundación— la expectativa inmediata sigue siendo que aparezcan el ejército, la policía o los bomberos. Esa tensión, explica, revela que el Estado no ha desaparecido del imaginario social, aunque sí se haya erosionado la confianza en su funcionamiento. En su lectura, el problema no es solo la desafección política, sino la sensación extendida de que los grandes desafíos del presente —desde la desigualdad hasta el colapso ambiental— superan la capacidad de respuesta de los gobiernos tradicionales.

La advertencia es relevante porque aterriza en una discusión mucho más amplia: la crisis de legitimidad democrática en Occidente y la tentación de asumir que el deterioro institucional es irreversible. Monge cuestiona esa idea fatalista y plantea que el pesimismo, si se convierte en resignación, termina favoreciendo precisamente a quienes se benefician del inmovilismo o del miedo. Su apuesta por el activismo no se limita a salir a protestar; también implica reconstruir tejido social, volver a confiar en la acción colectiva y entender que la política no se agota en las urnas. En países como Estados Unidos y Colombia, donde la polarización ha deteriorado el debate público y la ciudadanía oscila entre la desconfianza y el hartazgo, esa lectura cobra especial sentido: sin algún tipo de participación sostenida, el vacío lo llenan el autoritarismo, el cinismo o la apatía.

Lo interesante del planteamiento de Monge es que no ofrece consuelo fácil. No promete que la realidad se vuelva menos dura, ni vende una versión amable de los tiempos que corren. Lo que propone es más exigente: asumir la gravedad del momento sin caer en la parálisis. En una época marcada por crisis superpuestas, esa distinción importa porque define si la ciudadanía se limita a sobrevivir a los problemas o intenta intervenir sobre ellos. Y ahí está, quizá, la verdadera discusión de fondo: no si el mundo parece distópico, sino qué hacemos con esa percepción antes de que se convierta en norma.

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