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La deuda pública no se cancela con trucos: solo baja con crecimiento y disciplina

Hace 1 hora
La deuda pública no se cancela con trucos: solo baja con crecimiento y disciplina

Imagen: El País

La deuda pública no se reduce con trucos contables ni atajos políticos: solo baja de forma sostenible cuando la economía crece, mejora la competitividad y el gasto se controla. Esa es la advertencia de fondo que deja el debate fiscal.

La discusión sobre cómo bajar la deuda pública suele estar contaminada por un espejismo recurrente: la idea de que basta con mover números, reetiquetar pasivos o anunciar operaciones financieras para resolver un problema que en realidad es estructural. La realidad es mucho menos cómoda. El endeudamiento solo cae de manera duradera cuando la economía produce más, el Estado recauda con una base tributaria más sólida y el gasto se administra con disciplina. Todo lo demás suele comprar tiempo, no solvencia.

Ese es el corazón del debate que hoy vuelve a cobrar fuerza en medio de economías presionadas por tasas de interés todavía elevadas, menor margen fiscal y una ciudadanía cada vez más exigente con el uso del dinero público. La deuda no es un asunto abstracto de tecnócratas: condiciona el presupuesto de salud, educación, infraestructura y protección social. Cuando el peso de los intereses crece, el gobierno pierde espacio para invertir y termina atrapado en una dinámica peligrosa, en la que cada año se destina más recursos a financiar el pasado en lugar de resolver el presente.

Por eso resulta engañoso hablar de “cancelar” la deuda pública como si fuera una decisión administrativa. En la práctica, los gobiernos no eliminan el problema por decreto; lo administran. Pueden renegociar plazos, aprovechar ventanas de mercado, comprar títulos o mejorar el perfil de vencimientos. Pero si no existe un aumento sostenido de la productividad, una economía más competitiva y una política fiscal creíble, el alivio es temporal. Y cuando el ajuste se basa solo en contabilidad creativa, el costo termina apareciendo más adelante, generalmente con más tensión social, más deuda cara o menos confianza de los inversionistas.

La lección de fondo es incómoda pero clara: no hay atajos inocentes en materia fiscal. Reducir el endeudamiento exige decisiones políticas difíciles, porque implica ordenar prioridades, contener despilfarros y apostar por un modelo económico capaz de generar ingresos reales. En países como Colombia, donde el debate sobre el espacio fiscal siempre está al límite, o en Estados Unidos, donde la deuda federal ya se convirtió en un factor de disputa permanente, la pregunta no es si el problema existe, sino quién está dispuesto a enfrentarlo sin vender ilusiones. La sostenibilidad fiscal no se construye con narrativas optimistas; se construye con crecimiento, competitividad y disciplina, justo lo que más cuesta sostener cuando gobierna la urgencia.

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