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'Me sabe a sangre': la antología que convierte al flamenco en mapa poético

Hace 58 minutos

Una nueva antología reúne 275 poemas de 170 autores para trazar dos siglos de mirada poética sobre el flamenco. El libro, impulsado por Antonio Lafarque, convierte al arte jondo en una cartografía cultural de largo aliento.

El flamenco vuelve a reclamar su lugar no solo como música y baile, sino como materia literaria de primer orden. La Universidad de Almería acaba de publicar "Me sabe a sangre. Antología de poesía flamenca", un volumen de más de 500 páginas que reúne 275 poemas seleccionados entre casi mil textos revisados por el editor y flamencólogo Antonio Lafarque. El título nace de una frase atribuida a Tía Anica La Piriñaca, una de las grandes voces del cante, y condensa la intensidad física y emocional con la que el flamenco ha sido leído por generaciones de escritores.

La antología no es un capricho de coleccionista, sino el resultado de años de búsqueda y criterio. Lafarque, una figura muy ligada a la promoción cultural y al mundo jondo, reunió piezas de 170 poetas distintos, desde nombres centrales de la literatura española como Juan Ramón Jiménez, Lorca, Unamuno, los hermanos Machado, Alberti, Bergamín, Luis Rosales, Fernando Quiñones, Caballero Bonald o Félix Grande, hasta trece autores hispanoamericanos, entre ellos Martí y Girondo, y seis extranjeros, con Rilke entre los más destacados. El volumen, además, mezcla clásicos con textos encargados expresamente para esta edición, como un poema en prosa de Felipe Benítez Reyes, lo que permite ver cómo el flamenco sigue generando escritura nueva y no solo reverencia patrimonial.

La presentación del libro, celebrada en el Instituto Andaluz del Flamenco en el marco de la Bienal de Sevilla, confirmó algo que en el fondo ya sugería la propia selección: el flamenco no es un asunto local ni un folclore congelado, sino un lenguaje cultural capaz de atravesar siglos, geografías y disciplinas. Allí, el cantaor Segundo Falcón interpretó sin guitarra un poema de San Juan de la Cruz, mientras la bailaora Eva Yerbabuena leyó el texto que aportó a la obra. Más que un acto protocolario, la escena funcionó como una demostración de continuidad entre la tradición oral, la poesía culta y la experiencia viva del escenario. Como señaló el poeta Juan Lamillar, el libro ayuda a entender al flamenco como un rito ancestral y, al mismo tiempo, como una geografía imposible de abarcar por completo.

La apuesta de Lafarque tiene una importancia que va más allá del homenaje. En tiempos en que el flamenco suele venderse como marca turística o patrimonio inmóvil, esta antología recuerda que también es una forma de pensamiento, una obsesión estética y una herramienta de interpretación social. El libro ordena, compara y enlaza dos siglos de escritura en torno a un arte que ha sido cantado, mirado y discutido por poetas de muy distintas procedencias. Y esa es, quizá, su mayor virtud: demostrar que el flamenco no solo se oye; también se lee, se piensa y se hereda.

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