Cada vez más jubilados prefieren gastar su dinero antes que dejarlo en herencia

Imagen: BBC Mundo
Cada vez más jubilados están eligiendo una idea que rompe con el mandato clásico de la herencia: gastar sus ahorros en vida para disfrutar el tiempo que les queda. El fenómeno abre un debate incómodo sobre envejecimiento, desigualdad y el futuro económico de las familias.
Durante décadas, la regla no escrita fue dejar algo a los hijos. Hoy, una parte creciente de jubilados está desafiando esa lógica y optando por gastar sus ahorros en sí mismos: viajar, comer mejor, pagar cuidados, ayudar a otros o simplemente vivir con menos miedo al mañana. El cambio no es solo financiero; también es cultural. Cada vez más personas mayores están diciendo, en la práctica, que su dinero les pertenece mientras estén vivos y que la vejez no tiene por qué convertirse en una etapa de sacrificio permanente en nombre de una herencia futura.
El fenómeno, conocido en algunos debates como “morir con cero”, pone sobre la mesa una realidad incómoda: muchas personas llegan a la jubilación con incertidumbre sobre cuánto vivirán, cuánto costarán su salud y su dependencia, y si realmente tiene sentido reservar una parte importante del patrimonio para una transferencia intergeneracional que tal vez nunca vean completa. Según explicó BBC Mundo, esta tendencia responde tanto a un deseo de aprovechar el tiempo como a una forma de corregir una vieja cultura del ahorro extremo. En un contexto de inflación, sistemas pensionales frágiles y expectativas de vida más largas, administrar el dinero de la tercera edad se ha vuelto una decisión menos moral y más estratégica.
Pero el asunto no termina en la esfera individual. Este giro en la forma de pensar la vejez también habla de una economía que ha cambiado. En países como Estados Unidos, donde la vivienda, la salud y la educación siguen siendo costosas, la herencia se volvió durante años una de las pocas vías de ascenso patrimonial para muchas familias. Si los adultos mayores deciden consumir más de su patrimonio en vida, el efecto puede sentirse en los hijos, pero también en los mercados de servicios para mayores, el sector turístico, el cuidado a domicilio y los seguros. En Colombia, donde gran parte de las familias depende de apoyos informales y donde la protección en la vejez sigue siendo desigual, la discusión es todavía más dura: gastar la jubilación puede sonar liberador para unos y riesgoso para otros, sobre todo cuando la red de protección social es débil.
Al final, esta tendencia obliga a replantear una idea muy arraigada: que la buena vida adulta consiste en acumular para otros antes que en vivir para uno mismo. Para algunos jubilados, la respuesta es clara: no quieren que el dinero llegue tarde a quienes aman, sino que les alcance a ellos mientras todavía pueden disfrutarlo. Y esa decisión, cada vez menos excepcional, dice mucho sobre una generación que parece haber concluido que el verdadero desperdicio no es gastar demasiado, sino morir con la vida aplazada.



