44.000 toneladas de madera caída: el Pirineo sigue atrapado entre nieve, papeleo y falta de medios

Imagen: El País
Los vendavales de invierno dejaron 44.000 toneladas de madera caída por retirar en tres comarcas del Pirineo, una cifra que triplica lo previsto. La nieve, la burocracia y la falta de empresas forestales están frenando una limpieza clave para evitar nuevos riesgos.
Los temporales de este invierno han dejado al Pirineo catalán ante un problema que ya no es solo forestal, sino también económico, logístico y de seguridad: 44.000 toneladas de madera caída siguen pendientes de retirada en las tres comarcas más golpeadas, una cantidad que triplica las estimaciones iniciales y evidencia la magnitud real del daño. Lo que sobre el terreno se ve como un bosque desordenado de troncos y ramas rotas es, en términos prácticos, una emergencia lenta: cada día que pasa sin despejar el monte aumenta el riesgo de plagas, dificulta la regeneración forestal y complica la prevención de incendios cuando llegue el calor.
Según informó El País, la limpieza avanza con enorme lentitud por una combinación de factores que se han reforzado entre sí. La nieve acumulada ha impedido durante semanas el acceso a zonas donde el viento tumbó árboles con violencia, mientras que los trámites administrativos han retrasado la puesta en marcha de las labores de extracción y clasificación. A eso se suma un problema estructural que el sector arrastra desde hace años: faltan empresas forestales suficientes para asumir un volumen de trabajo tan alto y tan concentrado en el tiempo. En la práctica, eso significa que la madera cae, se acumula y espera, como en un juego de mikado que nadie puede mover sin desordenar más el conjunto.
El dato de las 44.000 toneladas importa por lo que revela del momento que vive el territorio. El Pirineo no solo sufre los efectos más visibles del cambio climático, con temporales más agresivos y episodios de nieve y viento más extremos; también exhibe las debilidades de una infraestructura forestal insuficiente para responder con rapidez. Cuando un valle queda bloqueado por árboles caídos, el impacto no se limita al monte: se resiente el trabajo de los propietarios forestales, la actividad de las empresas de biomasa y madera, y la seguridad de caminos, pistas y accesos rurales. En comarcas donde la gestión del bosque forma parte de la economía local, retrasar la retirada es dejar que el problema crezca en silencio.
La limpieza de estos árboles no es una tarea menor ni un trámite técnico aislado. Es una carrera contrarreloj para evitar que el desastre del invierno se convierta en una hipoteca de verano. Y si la administración no logra acelerar permisos, coordinar medios y atraer más capacidad privada al sector, el Pirineo puede acabar pagando dos veces la factura: primero por el temporal y después por la incapacidad de reaccionar a tiempo.




