Paz Total: el balance que confirma un fracaso político y territorial

Imagen: infobae colombia
La política de Paz Total quedó sentenciada por su incapacidad para frenar la expansión armada y por la ruptura entre el Gobierno y los diálogos territoriales. Tres voces con peso político y académico coincidieron en que el balance es más cercano al fracaso que a un avance real.
La Paz Total terminó convertida en el principal símbolo del desgaste de la política de seguridad del gobierno de Gustavo Petro. Lo que nació como una apuesta para bajar la violencia, abrir conversaciones y reducir el poder territorial de los armados hoy aparece, según el balance recogido por Infobae Colombia, como una estrategia atravesada por dos fracasos simultáneos: la expansión de estructuras ilegales en varias regiones y la pérdida de credibilidad de los espacios de diálogo que debían sostenerla. En esa lectura coinciden tres voces de peso —Camilo González Posso, Francisco Barbosa y Nicolás Mayorga—, que ponen el foco en una conclusión incómoda para el Ejecutivo: la paz prometida no llegó y, en cambio, el país terminó viendo cómo distintos grupos aprovecharon el tiempo político para consolidarse.
El diagnóstico no es menor porque proviene de perfiles que, aunque parten de orillas distintas, convergen en la idea de que la política quedó desbordada por la realidad del conflicto. González Posso, quien fue jefe negociador del Estado, mira con preocupación el deterioro de los diálogos territoriales y el desajuste entre la narrativa oficial y la situación en los territorios. Barbosa, exfiscal general, insiste en que la ausencia de resultados concretos dejó al Estado en una posición de debilidad frente a las organizaciones armadas. Mayorga, académico de la Universidad de la Sabana, aporta una lectura más estructural: una política de esta magnitud no puede sostenerse solo en anuncios, necesita capacidad institucional, control territorial y reglas claras para evitar que el proceso sea usado por actores violentos como un tiempo de recomposición. En conjunto, sus análisis retratan una política atrapada entre la ambición y la improvisación.
Lo que importa, sin embargo, va más allá del pulso entre Gobierno, críticos y exnegociadores. La Paz Total fracasó no solo como promesa de campaña, sino como hoja de ruta para la vida cotidiana de millones de colombianos que habitan zonas donde la presencia del Estado sigue siendo débil y donde la violencia se mide en desplazamientos, extorsión, confinamientos y control social de los armados. Cuando una estrategia de paz se desordena, el costo no lo paga el discurso político sino las comunidades que quedan en medio. Por eso este balance es tan duro: porque no habla únicamente de un proyecto mal ejecutado, sino de una oportunidad perdida para recuperar autoridad institucional sin renunciar a la salida negociada.
El final de esta etapa deja una pregunta mayor sobre el legado de Petro en materia de seguridad y sobre lo que vendrá después. Si la Paz Total se cierra como un fracaso consumado, el siguiente gobierno —y buena parte del actual aparato estatal— tendrá que decidir si insiste en la negociación como herramienta central, si regresa a una lógica predominantemente militar o si intenta un modelo híbrido que aprenda de los errores recientes. En Colombia, donde la violencia suele castigar primero a las regiones y después a la política, la respuesta no puede seguir aplazándose.


