La UEFA desafía a la FIFA y congela su participación en la pelea por el Mundial

Imagen: El País
La UEFA y varias federaciones europeas cerraron filas contra la FIFA y anunciaron un boicot a cualquier votación sobre el Mundial mientras Gianni Infantino mantenga viva su idea de privatizar el torneo. La disputa abre una nueva grieta en el poder del fútbol mundial y pone en riesgo el control público sobre el evento deportivo más rentable del planeta.
La UEFA y varias federaciones nacionales europeas han decidido plantar cara a la FIFA en uno de los conflictos de poder más delicados del fútbol reciente: no participarán en las votaciones sobre el formato de los Mundiales mientras Gianni Infantino no retire su propuesta de privatizar la Copa del Mundo. La medida no es un gesto simbólico menor. En la práctica, supone una rebelión institucional desde el corazón del fútbol europeo contra una iniciativa que, según sus críticos, entregaría el principal torneo del planeta a una lógica empresarial con menos control público y más poder concentrado en manos privadas.
La decisión, adelantada por El País, refleja el malestar creciente en Europa frente a la manera en que la FIFA viene administrando una competencia que trasciende el deporte y mueve miles de millones de dólares en derechos de televisión, patrocinios, turismo y construcción de infraestructura. Las federaciones que respaldan el boicot consideran que no se puede discutir seriamente el futuro del Mundial si primero no se desactiva una propuesta que, en su lectura, altera el equilibrio de poder dentro del fútbol internacional. El mensaje es claro: no habrá legitimidad para una votación mientras el presidente de la FIFA insista en avanzar con una privatización que, de prosperar, cambiaría la arquitectura misma del torneo.
Este choque importa porque el Mundial no es solo una fiesta deportiva; es una disputa geopolítica, económica y simbólica. La FIFA ha buscado durante años ampliar su control sobre el negocio global del fútbol, mientras Europa intenta preservar influencia sobre las reglas del juego y frenar decisiones que pueden concentrar todavía más poder en Zúrich. El conflicto también revela una tensión de fondo entre dos modelos: uno que ve el Mundial como una propiedad explotable al máximo y otro que insiste en que el torneo debe conservar mecanismos de supervisión y gobernanza que impidan su captura por intereses puramente comerciales. Para los aficionados, el debate puede sonar lejano, pero sus efectos son muy concretos: desde el costo de organizar una Copa del Mundo hasta la transparencia en la asignación de sedes, contratos y beneficios.
Lo que viene ahora dependerá de si Infantino cede o decide endurecer la pulseada. Si la FIFA ignora el boicot europeo, el organismo podría enfrentar una fractura interna inédita en plena discusión sobre el futuro del torneo más visto del planeta. Si, por el contrario, retrocede, el mensaje será que las federaciones nacionales aún conservan capacidad real para frenar a la cúpula del fútbol mundial. En cualquiera de los dos escenarios, la pelea deja una conclusión incómoda: el Mundial ya no solo se disputa en la cancha, también en los despachos donde se define quién manda sobre el negocio más poderoso del deporte.


