Patrullera en Santander enfrenta doble jornada para cuidar a su hijo con hemofilia
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Una patrullera en Santander enfrenta una doble jornada: sirve en la Policía y, al volver a casa, asume el cuidado de su hijo con hemofilia. Su historia expone el costo humano que muchas familias cargan cuando la enfermedad crónica entra en la rutina diaria.
En Santander, una patrullera de la Policía vive una batalla silenciosa que empieza cuando termina su turno: después de trabajar, se convierte en la cuidadora principal de su hijo, un menor diagnosticado con hemofilia hace dos años. La historia, recogida por El Tiempo (Colombia), muestra el peso real que puede tener una enfermedad crónica en una familia trabajadora, especialmente cuando la atención médica y el cuidado cotidiano dependen casi por completo de la madre.
El caso revela una doble carga que no aparece en los reportes oficiales ni en las estadísticas: de un lado, la exigencia de una labor de seguridad pública que no da tregua; del otro, la responsabilidad de vigilar cada golpe, cada síntoma y cada episodio que pueda poner en riesgo la vida del niño. La hemofilia, un trastorno que dificulta la coagulación de la sangre, obliga a las familias a estar en alerta permanente y a aprender, casi a la fuerza, una especie de enfermería doméstica que muchas veces reemplaza lo que el sistema no alcanza a sostener con la misma rapidez y cercanía.
Más allá de la emoción que despierta su historia, este caso pone sobre la mesa un problema de fondo en Colombia: la carga del cuidado sigue recayendo principalmente en las mujeres, incluso cuando además tienen empleos de alta demanda. En ciudades y regiones como Santander, donde acceder a tratamientos oportunos puede convertirse en un desafío logístico y económico, la vida de estas familias depende de una red frágil hecha de turnos, traslados, permisos laborales y resistencia emocional. Por eso importa esta historia: porque detrás de un uniforme hay una madre que no termina su jornada al salir del trabajo, sino que continúa otra, igual o más exigente, en casa.
Lo que vive esta patrullera también sirve para entender una realidad más amplia en Colombia y en América Latina: cuando una enfermedad crónica entra en el hogar, no solo cambia la vida del paciente, sino la de toda la familia. El impacto se siente en la economía, en la salud mental, en el tiempo disponible para trabajar y en la forma en que se organizan los cuidados. En casos como este, el heroísmo cotidiano no está en los discursos, sino en la disciplina de sostener dos vidas al mismo tiempo: la del uniforme y la del hijo que depende de ella para seguir adelante.



