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Los jóvenes normalizan la baja por enfermedad y desafían la vieja cultura del presentismo

Hace 3 meses
Los jóvenes normalizan la baja por enfermedad y desafían la vieja cultura del presentismo

Imagen: El País

Los jóvenes están cambiando la cultura laboral: asumen con más naturalidad las bajas por enfermedad y rechazan presentarse a trabajar enfermos. Pero especialistas advierten que no es solo una cuestión generacional, sino también de clase social, precariedad y expectativas de futuro.

Cada vez más jóvenes ven la baja por enfermedad no como un privilegio, sino como un derecho básico ligado a la salud y a la dignidad en el trabajo. La idea de “ir a trabajar enfermo” pierde terreno entre las nuevas generaciones, que muestran menos disposición a normalizar el presentismo y más conciencia sobre los límites físicos y mentales que impone la vida laboral. En ese cambio cultural, el mensaje es claro: la lealtad a la empresa ya no se mide por aguantar hasta el agotamiento.

Según recoge El País, especialistas consultados observan diferencias notables entre generaciones a la hora de entender el papel del empleo en la vida cotidiana. Para muchos jóvenes, el trabajo ha dejado de ocupar el lugar casi absoluto que tuvo para sus padres o abuelos, y eso se refleja en decisiones concretas: pedir una baja cuando hace falta, no asumir como obligación rendir pese a la enfermedad y poner en primer plano el autocuidado. Esa mirada contrasta con una cultura laboral más antigua, marcada por la idea de que faltar al trabajo podía leerse como debilidad, desinterés o falta de compromiso.

Pero reducir este fenómeno a un simple choque entre jóvenes y mayores sería quedarse corto. Los expertos advierten de que intervienen otros factores decisivos, como la clase social, el tipo de empleo y las expectativas de futuro. No es lo mismo hablar de quien trabaja con contrato estable y cierto margen de protección que de quien encadena empleos precarios, teme perder ingresos o sabe que una ausencia puede costarle el puesto. En otras palabras, la conciencia sobre el derecho a la baja crece, sí, pero su ejercicio real sigue condicionado por la desigualdad. Esa es la parte menos visible del debate: la salud laboral no depende solo de la voluntad individual, sino del poder que cada trabajador tiene para defenderse sin ser castigado.

Este cambio importa porque toca un nervio central del mercado laboral en España y, por extensión, en buena parte de Occidente: la tensión entre productividad y bienestar. Si las nuevas generaciones están menos dispuestas a sacrificar su salud para sostener viejas normas de obediencia, las empresas tendrán que adaptarse a un modelo menos tolerante con el presentismo y más exigente con la prevención. Para los trabajadores, especialmente los más jóvenes, el desafío será convertir esa conciencia en un derecho efectivo y no en una simple postura ética que se diluye cuando llegan la precariedad, los contratos temporales o el miedo a ser reemplazados. El debate, al final, no es solo generacional: es también una discusión sobre qué tipo de trabajo se considera aceptable en una sociedad que dice valorar la salud mental y física, pero todavía castiga a quien se detiene.

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