IA promete menos trabajo, pero sus empleados denuncian semanas de hasta 90 horas

Imagen: BBC Mundo
Mientras las empresas de IA prometen menos trabajo y más tiempo libre, sus propios empleados describen lo contrario: semanas de 90 horas y una presión que contradice el relato oficial. La brecha entre promesa y realidad vuelve a encender el debate sobre el costo humano de la automatización.
Las grandes empresas de inteligencia artificial están vendiendo una idea seductora: la tecnología liberará tiempo, reducirá cargas laborales y permitirá una vida más equilibrada. Pero la realidad que describen muchos de sus propios empleados apunta en la dirección contraria. De acuerdo con lo informado por BBC Mundo, en varias compañías del sector el trabajo no se está acortando, sino intensificando, al punto de que algunos trabajadores hablan de jornadas de hasta 90 horas semanales. Ese contraste no es menor: pone en duda el relato optimista con el que Silicon Valley ha impulsado la IA ante gobiernos, inversionistas y el público.
La contradicción es especialmente llamativa porque proviene de empresas que aseguran estar construyendo herramientas para ahorrar tiempo, automatizar tareas y elevar la productividad. Sin embargo, según la información publicada por BBC Mundo, empleados vinculados al desarrollo y la implementación de estas tecnologías describen un ambiente marcado por plazos agresivos, presión constante y una cultura de disponibilidad casi total. En la práctica, la promesa de trabajar menos no parece estar llegando primero a quienes levantan la industria desde adentro. Más bien ocurre lo contrario: la carrera por liderar el mercado de IA está empujando a sus plantillas a ritmos extremos, con consecuencias evidentes sobre descanso, salud mental y vida familiar.
Este choque entre discurso y realidad importa porque la inteligencia artificial no solo está transformando productos y servicios; también está redefiniendo las reglas del trabajo. Si las compañías que diseñan estas herramientas no logran aplicarlas para mejorar sus propias condiciones laborales, queda expuesta una verdad incómoda: la automatización no garantiza por sí sola bienestar, y puede incluso servir para aumentar la exigencia sobre los trabajadores. Para Estados Unidos, donde la industria tecnológica sigue marcando tendencia global, el caso plantea una pregunta de fondo sobre qué modelo laboral se está normalizando en la nueva economía digital. Y para países como Colombia, que miran hacia la IA como palanca de modernización, la lección es clara: adoptar tecnología sin discutir sus costos humanos puede terminar profundizando desigualdades en lugar de reducirlas.
El debate, entonces, no debería limitarse a cuántos empleos creará o destruirá la IA. La discusión de fondo es quién se beneficia realmente de la promesa de eficiencia y quién carga con el peso de esa transformación. Si el futuro del trabajo va a ser más productivo, debería también ser más humano. Por ahora, al menos en parte del sector tecnológico, las señales van en sentido contrario.



